Abril 26 / 2017

Copa Libertadores de America

1989: NUNCA TAN GRANDES

Cuando se le confió el equipo a Francisco Maturana en 1987 por su buena actuación con el Caldas en 1986 en el torneo patrio, y se le permitió tener un equipo de solamente colombianos como Higuita, Herrera, Cortina, Molina, Escobar, Villa, Pérez, García, Fajardo, Tréllez, Castaño, Galeano y otros más, todos pensaban en que el proceso demoraría cinco o seis años, para ¡SER CAMPEONES DE COLOMBIA!

Y luego del subtítulo de 1988 y la posibilidad de participar en la Copa, nadie pensaba en el final feliz que terminó siendo esa versión copera, la número 40 de la historia denominada Copa “Revista El Gráfico” Libertadores de América. Porque para todos los aficionados verdolagas mayores de treinta y pico el hecho se convirtió en la panacea de sus vidas.
Poco a poco iban desfilando por el Atanasio Girardot los rivales. Y poco a poco caían miércoles tras miércoles. Los ecuatorianos Emelec y Deportivo Quito, Millonarios de Colombia, Racing de Avellaneda de Argentina, Danubio de Uruguay y Olimpia de Paraguay, este en Bogotá, vieron como la superioridad de los dirigidos por Francisco Maturana se llevaban para siempre la Copa y hacían delirar a una ciudad que nuevamente llenó dos estadios en menos de 15 horas, el propio y el de los rivales de ese tiempo, para demostrarle al continente que sí había quién ganara finales en Colombia, luego de 4 perdidas con los elencos del Valle.

Paso a paso, Nacional en primera ronda se enfrentó con Millonarios y los ecuatorianos. Tres empates en condición de visitantes (1-1 en Bogotá, 1-1 ante Emelec y 1-1 ante Deportivo Quito, le daban a Nacional la posibilidad de llegar a la segunda fase si conseguía al menos la mitad de sus puntos en casa, cosa que lograría al ganarle sus partidos a los ecuatorianos (2-1 a deportivo Quito y 3-1 a Emelec), sin importar la derrota 0-2 ante Millos.

En ese entonces pasaban los dos primeros equipos del cuadrangular y los verdes, al pasar de segundos, se enfrentaban con un ex campeón de la Libertadores en segunda ronda: Racing Club de Avellaneda en Argentina. Un 2-0 en el Atanasio mediante anotaciones de Tréllez y Villa, permitían ir al Cilindro Juan Domingo Perón de Avellaneda a manejar el partido. No era tan fácil porque los dirigidos por Alfio “El Coco” Basile por intermedio de Raúl Iglesias y Rubén Paz alcanzaron a igualar las acciones con un 2-0 que indicaba que la tortura de los penales estaba cerca. Claro que sobre el final del partido (min 39 del S.T) un puntazo de Felipe Pérez al ángulo superior izquierdo del “Pato” Fillol le entregaba el pase a Cuartos de Final al elenco colombiano. Sobre el final de ese partido, Basile fue visionario: “Nos ganó el campeón”.

Llegaba en Cuartos de Final el duelo de colombianos por disposición de la Conmebol que no permitía dos elencos de un mismo país en semifinales. Por eso verdolagas y azules se sacaron chispas en esos 180 minutos de juego en Medellín y Bogotá. El primer duelo en el Atanasio Girardot terminó con un cerrado 1-0 en favor de Nacional gracias a un tanto marcado por Albeiro Uzuriaga. Y cuando toda la prensa del país decía que en Bogotá Millonarios iba a triturar a Nacional por el demoledor ataque tenía (Iguarán, Juárez, Hernández y estrada), un 1-1 final le entregó el pase a semifinales al cuadro verdolaga. Esa noche capitalina, estrada hizo el 1-0 en favor de los Embajadores promediando la primera mitad. Todos en El Campín creían en goleada. Nacional se calmó, manejó los hilos del partido, no permitió más anotaciones azules y sobre el minuto 34 del segundo tiempo, tras una habilitación de León Villa, John Jairo Tréllez se las ingenió dentro del área para vencer a Goycochea. 1-1, eliminado Millonarios, Nacional dentro de los mejores 4 equipos del continente y a preparar la semifinal. Claro que antes Pimentel y compañía trataron de deslucir el triunfo verdolaga. Ya nada había que hacer.

Inclusive en Millonarios había caballeros: “Doctor Maturana, fueron los mejores, ojalá ganen la Copa”. Las palabras no podían ser de otra persona que Arnoldo Iguarán. Asomaba Danubio de Uruguay a quien se le sacaba un valioso empate en el Centenario de Montevideo a cero goles. Para el juego de regreso, como en el Atanasio Girardot ya se hacían remodelaciones de iluminación, el juego fue en tarde cívica decretada por el alcalde de entonces, fue a las 3:30 p.m. un miércoles. Y una de las mejores orquestas verdolagas de la historia tocó esa tarde en el Atanasio cuando Nacional venció a los charrúas por un insólito 6-0 para una semifinal de Libertadores. La tarde de la consagración del “Palomo” Uzuriaga quien con 4 tantos se deslizó por la cornisa de los más grandes y catapultó a los verdes a su primera final de la historia nada más ni nada menos que contra el Decano paraguayo Olimpia.

El primer partido en el estadio Defensores del Chaco a pesar de Nacional haber jugado un partido notable, concluyó 2-0 en favor de los paraguayos. Todo el continente daba como campeón a Olimpia. Nacional no podía jugar la final en el Atanasio Girardot porque el estadio en ese entonces no contaba con la capacidad suficiente para albergar una Libertadores. Así las cosas, entre Pereira, Cali y Manizales, la escuadra verdolaga se decidió por la capital de la república para ser la casa verde del último juego de la Libertadores de 1989.

Entonces comenzó tal vez, la mejor historia del Atlético Nacional en su historia cuando desde Medellín se desplazaron más de 30 mil hinchas verdes para presenciar la final ante Olimpia. El trasteo más grande de la historia del fútbol colombiano y quizás mundial, lo protagonizó la hinchada más popular de Colombia al enviar vía terrestre y aérea una flota de 30 mil personas incondicionales de la causa, y como en una Normandía contemporánea, pusieron al frente once corazones valientes que tenían como misión coronar el cerro más alto del balompié continental.

La noche en que El Campín pareció el Atanasio, será recordada por la carga emocional que le fue impregnada al espectáculo por ese ser imprevisible llamado fútbol. Quiso el destino que Nacional ganara el juego 2-0, el mismo marcador de Asunción, y que la lotería de los penales definiera al nuevo monarca. Y allí surgió la figura simbólica y emblemática del gran René Higuita, héroe perenne de los corazones verdolagas quien esa noche se colocó el disfraz de superhéroe y atajó todo para que Leonel Álvarez pudiera entregar, con el disparo número 18, el título y la gloria al aficionado verdolaga y al balompié criollo.

Francisco Maturana y sus muchachos lograban lo impensado. Higuita pasaba de ser futbolista a extraterrestre. Uzuriaga subía su cotización tan alto como su estatura. Y todos los aficionados verdolagas conocíamos por dentro la euforia futbolística. Ningún otro hincha en Colombia había sentido su corazón de esa forma. Nadie más conocía el pecho tan inflamado. Jamás un hincha al fútbol en nuestro país se había sentido tan orgulloso de su elección futbolera. Nacional era campeón de la Copa Libertadores de América. Y su pueblo también.

 

2016: EL TECHO DE AMÉRICA

Atlético Nacional volvió a clavar su bandera en el techo de América y conquistó como en 1989 la Copa Libertadores. Reinaldo Rueda y sus actores protagónicos entregaron una función digna de cine convirtiéndose en el mejor elenco del continente. Felicitaciones a todos quienes se alegraron con un campeonato que engrandece nuestro fútbol y le da nombre al país.

El Atanasio Girardot es solo fiesta. El generalizado rostro Verdolaga combina prodigiosamente el llanto, la risa, las lágrimas, la incredulidad, el asombro. El estupor, lo mágico, lo celestial, el recuerdo, la visión. La felicidad, la algarabía, el grito, el gozo. Regresar 27 años después al cielo americano es algo sagrado y mágico que merece contarse de una forma diferente. Única. Porque fueron muchos los años de espera que se necesitaron para sentarnos nuevamente en este sitial. Todos comenzó hace cuatro años y medios y no en enero de este año. Cuando se trajo el paquete de jugadores para la Libertadores de 2012, Atlético Nacional estaba edificando para conseguir la de 2016. En aquellos tiempos de Santiago Escobar, llegaron jugadores como Alexis Henríquez, Alejandro Bernal, Farid Díaz, Alexander Mejía, Macnelly Torres, Oscar Murillo, Juan Valencia, John Valoy y demás, que le comenzaron a dar fuerza a un proceso que desembocó en este título del continente.

Hicieron una familia, convocaron al vestuario la alegría, la amistad y el humor, trabajaron juntos, formaron un vínculo. Llegaron y pasaron jugadores. Se fueron Pabón, Tula, Calle, Córdoba, Mosquera y asomaron Duque, Arias, Bocanegra, Nájera, Cardona, Berrío. Apareció la Era Osorio. Ganaron en confianza, en títulos, en derrotas, en alegrías, en fracasos. Llegaron Copete, Ruiz, Ibarbo, Sánchez, Borja, Moreno, se fueron Tréllez, Páez, Medina, Murillo, Chará, Guisao… Era una coordenada que el Club tenía que seguir para establecerse en este umbral de la gloria. Naturalmente se dio todo. Y por eso este circo que sobre las 9:45 de la noche del 27 de julio de 2016 ondea los colores verde y blanco en este estadio estallado para el júbilo por nuestra divisa. Primera vuelta olímpica de Copa Libertadores en la historia en el Atanasio Girardot, que ya había perdido la de 1995. Segundo título internacional en este estadio para Atlético Nacional tras el de la Merconorte 2000. Bicampeonato de América para el equipo de los Puros Criollos de Antes y de Rueda de hoy.

Abajo, la transpiración caía haciendo arder los ojos. Dolían los músculos y pese a lo duro del esfuerzo, se les veía contentos a los jugadores. Arriba las lágrimas y los abrazos eran el común denominador en los hinchas extasiados que se entregaban a la frescura de olvidar la presión de las últimas semanas. Era bastante lógico, todos estaban logrando lo más importante del deporte: superarse a sí mismos. Y eso tiene un sabor más especial que vencer a los rivales. Los jugadores comprendieron que esta Libertadores se había convertido en la idea de vida de ellos y millones de hinchas y acompañaron y respaldaron el sueño. Entonces en cada ronda crecía la espuma del Sueño Continental que se convirtió en Trending Topic en Colombia.

Primera fase

Eligiendo el grupo de futbolistas, Reinaldo Rueda comenzaba en realidad su gran sueño. Haber sido campeón de Colombia era el primer paso para adquirir el rótulo de eterno al que quería llegar. No era su meta. Era una escala. Porque ser campeón era el único camino para llegar a la Libertadores 2016, el objetivo trazado desde el 18 de junio de 2015, cuando se le presentó a la plantilla profesional en Guarne y les “vendió” la idea de llegar al “Monte América”. Y comenzaba la Copa Libertadores 2016 con el incipiente fútbol Verdolaga dando sus pasos con firmeza y permitiendo nuevamente los halagos disparados desde todos los rincones del continente. Porque el 2-0 inicial en Buenos Aires a Huracán fue una demostración de jerarquía y firmeza conceptual ante el último subcampeón de la Sudamericana que permitía la ilusión. Aquella noche con tantos del brillante Marlos Moreno y del siempre eficaz Berrío, los verdes ganaban nuevamente en Argentina y consolidaban su estructura.

Llegó el juego frente a Cristal en Medellín y el 3-0 a favor con tantos de Copete, Sánchez y Moreno confirmaban la solidez mental, deportiva, técnica y táctica de los rayados verdiblancos que sin goles en contra y con cinco a favor comandaban el grupo con amplia ventaja. Y llegó el escenario que Atlético Nacional en las últimas 5 Libertadores siempre superó pero que luego lo mareó: la obtención del boleto a Octavos de Final. En esta ocasión con signos de admiración incluidos. Los seis puntos obtenidos frente a Peñarol, 2-0 en Medellín (Bocanegra y Moreno) y logrando de nuevo un histórico 4-0 en el Centenario con tantos de Copete, Bocanegra, Berrío y Ruiz, le daban al verde paisa 12 puntos logrados en cuatro juegos, 11 goles a favor y ninguno en contra y la llegada desde la fecha cuatro a los mejores 16 del continente, algo nunca visto en la historia de este país.

Llegaron los elogios de todos los medios de comunicación del continente. Vale la pena investigar si tales adjetivos fueron realmente objetivos o se trataban de dardos venenosos que buscaban fisurar la interna del plantel de un equipo que en años anteriores se vio perjudicado por los halagos (2012 y 2014 para no ir muy lejos). Entonces esa materia pendiente de Atlético Nacional con su historia, la de ser candidato y demostrarlo, se plantó de frente al equipo de Rueda, que localmente demostró ser capaz con la presión, pero debía esa asignatura en el plano internacional. La primera fase terminaba con un 1-0 en Lima ante Cristal (Ibarbo) y un pálido 0-0 en Medellín ante Huracán que solamente valió para cercenarle al verde la ocasión de realizar un puntaje perfecto en primera ronda. Atlético Nacional fue el primero de la fase de grupos y obtuvo algo que se convirtió en piedra angular del título: cerrar todas las llaves hasta la final en calidad de local, con su tremendo público como testigo.

Octavos de Final

Por curiosidades del destino en la ronda de los mejores 16 del continente, al verde le volvió a tocar con Huracán. Los de Parque Patricios gracias a ese empate en Medellín y la derrota de Cristal en Uruguay ante Peñarol, pasaron de últimos a la invitación de Conmebol a dos semanas más de fútbol continental. Entonces nuevamente la visita Verdolaga se dirigía a Buenos Aires para enfrentar al equipo de Eduardo Domínguez. En el Tomás Ducó se presentó un partido cerrado, típico de rondas de ida de Copa Libertadores, con pocos espacios, mucha exigencia de defensas sobre delanteros, poco atrevimiento del visitante para cuidar mejor sus espaldas y mucho respeto del local por el mejor equipo del torneo. Sobre el final se presentaron dos hechos de los que pocos se acuerdan: un penalti más grande que el Gran Buenos Aires a Sebastián Pérez en el segundo tiempo del cual misteriosamente se olvidó toda la prensa deportiva del continente que prefirió al final de la Copa recordar los fallos que pitaron a favor de Nacional, y una salvada en dos tiempos espectacular de Armani ante un remate de Mancinelli abajo. El cancerbero en un esfuerzo notable paró la pelota y luego reaccionó para enviarla al tiro de esquina antes que un atacante de la Quema la mandara al fondo de la red.

La vuelta en Medellín provocó el escándalo. El juego concluyó 4-2 a favor del verde, que se metía nuevamente en Octavos de Final. Pero el trámite traería discusiones, alegatos, protestas y peleas con lluvia de patadas. El 1-0 a favor del verde llegaba por intermedio de un clarísimo penal a Guerra, protestado por los argentinos. Se notó el interés del defensor Bogado en evitar que el Patriota cumpliera con su cita al final del enorme sombrero dentro del área y el juez venezolano Argote sin dudar decretó la sanción máxima. Ibarbo puso el 1-0. Pero Inmediatamente el Globo emparejó la situación y le sacó el invicto a Armani con una triangulación entre Ábila, Bogado y Espinoza para decretar no solo el 1-0, sino el primero de dos momentos en que Nacional estuvo eliminado de la Copa. Llegó el replanteamiento y para el complemento sucedió otro hecho que aumentó la ira de los argentinos y facilitó el trámite para Nacional: la expulsión de Mancinelli. Repasamos el video más de 20 veces. Luego de un cruce entre el defensor quemero y Marlos Moreno, Mancinelli regresa por donde está el joven atacante Verdolaga y primero le pasa su hombro derecho para terminar con un giro en el cual el codo izquierdo tiene un movimiento de querer lastimar. Repasen la imagen, la encuentran nítida en youtube. Está claro en el reglamento: dar o intentar dar es roja. Muy bien por Argote.

Ya con superioridad numérica llegó la combinación explosiva entre Berrío y Guerra para que el venezolano facturara a placer por duplicado y pusiera el 3-1 con el que llegaba la tranquilidad al Atanasio, no sin antes observar otro monumento al arco nacionalista de Franco Armani ante una llegada de Ábila que remató abajo y cruzado y allá llegó el de Casilda para evitar la eliminación.  El propio Wanchope colocaba ansiedad con el 3-2 pero Copete rubricaba una noche en que Nacional por séptima vez en la historia alcanzaba los cuartos de final. Al final, un espectáculo bochornoso: rabiosos por la eliminación, los argentinos la emprendieron contra lo que se cruzó en su camino: logística, policía, jugadores verdes… Solo fue una tormenta en una noche sin nubes. Nacional estaba entre los 4 mejores elencos de América de forma justa y sin ayudas arbitrales, todo lo contrario, a pesar de la actuación arbitral en el Ducó del chileno Polic que le negó un penal en Parque Patricios que hubiera impedido estos actos delincuenciales de la vuelta, los nacionalistas sumaban otro pequeño objetivo.

Cuartos de Final

Tras ocho partidos jugados, los antioqueños seguían demostrando que eran capaces de desplegar sutileza y eficacia y se convertían poco a poco, y por todos los tiempos, en un deleite para la tribuna. Especialmente porque se notaba que estaban alumbrando una época gloriosa del fútbol Verdolaga. Al frente estaba Rosario Central y no pocos en el continente se animaban a indicar que el ganador de la serie sería campeón de América. No se equivocaron. Los de Eduardo Coudet fueron el obstáculo más difícil que tuvo que enfrentar Nacional para coronarse campeón de América. En el Gigante de Arroyito los argentinos se pusieron muy temprano arriba en el marcador 1-0 con un golazo de Montoya que aprovechó una entrega errática de Sánchez y la metió con un bombazo terrible. Nacional no arrugó y empezó a controlar el juego, dispuso de varias opciones de gol (a Copete se la sacaron de la raya) y volvió a sufrir la terrible actuación de los jueces al no ver sancionada como penal una falta al propio Jonathan dentro del área. En una falta de costado cobró Farid Díaz y Pablo Álvarez, hincha de Nacional parece porque quería la camiseta del delantero para su colección, le agarra fuertemente (mirar el video en youtube) pero el juez brasilero Sandro Ricci prefirió inconvenientes en latitudes hostiles. ¿Y la prensa que transmite? Los de la vista gorda. Qué gran error centralizar las transmisiones deportivas en Argentina con comentaristas y reporteros que hinchan por sus equipos.

El compromiso concluyó con esa mínima diferencia y a remontar en Medellín. No sin antes un dato para la historia: la triple atajada de Armani. Herrera, Ruben y Montoya, de por vida, hablarán de la frustración eterna a donde los invitó con su actuación Franco con una atajada espectacular que será el año entrante clip obligado de presentación de la Libertadores. Si los japoneses quieren exhibir de una bella forma el Mundial de Clubes, editen esa jugada y colóquenla en cámara lenta. El argentino evitó el 2-0 y con esa jugada salvó la serie para Nacional. Ocho días para preparar la vuelta de un juego especial ante un elenco connotado. Tomando riesgos adelante y evitando exponerse mucho atrás. Entonces vimos algo que motivó nuestra ilusión y proporcionó más fichas a la apuesta internacional: un equipo con un notable espíritu deportivo. En la vuelta en Medellín en apenas dos minutos de juego, penal para Rosario y gol de Ruben. 2-0 en contra en el global y con gol de visitante de por medio, es decir, para ganar había que hacer tres goles. El juez uruguayo Fedorczuk había decidido que con un jugador encima que no le dejaba ponerse de pie, la mano de Copete era para penal, fallo drástico que pudo manejarse de otra forma, pero que se convertía en otra decisión de los jueces que perjudicaba al verde de la montaña.

La desgracia provocó que se unieran los jugadores en el terreno de juego y los hinchas en la tribuna para empujar. Los unos corriendo y sudando más de lo normal, los otros cantando como si fuera la última vez, y ambos entregándose con piernas y garganta para darle cuerda al vuelo. Nacional metió a Central bajo su arco. Nunca el equipo de Coudet vio su juego tan controlado. Macnelly y Guerra funcionaron bien en la circulación, ambos se juntaron con las bandas y con Copete y Berrío empezaron a encontrar espacios con Moreno y desde tras se sumaban Pérez y Bocanegra. Con todo perdido, el verde iba a adelante a encontrar el tesoro de su quinta semifinal de la historia. Guerra dispuso de una maniobra técnica que si metía ese centro de Copete sin parar la pelota y con borde externo hoy tendría una estatua en el arco norte del Atanasio. Macnelly tuvo un mano a mano y cruzó demasiado el balón. Marlos llegó y le faltó potencia a su remate. Pero el verde avisaba. Revisen el compacto de ese primer tiempo. Rosario no pasó la media cancha. Guerra y Bocanegra patearon de afuera y el útil rebeldemente se negaba a entrar. Rosario acudía a algo que no trabajó nunca con Coudet ni en entrenamientos ni en partidos. Nacional lo sometía.

Y como suele suceder en los partidos en que hay un dominador absoluto del juego, el arco se abre. Berrío se inventó dos cabriolas en el área, intentó en juego interno, regresó al fútbol por fuera, centró y solo como un nueve apareció Macnelly Torres para decretar el empate del juego corto y el sueño del juego largo. Fin del primer tiempo. 45 minutos para marcar dos tantos. Para el complemento el verde ingresó con todos los ánimos y volvió a facturar. Un grosero error defensivo de Donatti le dejó el balón servido a Moreno quien vio mejor perfilado a Guerra y el venezolano hacía estallar la tribuna con el 2-1. Dos goles psicológicos, al final del primer tiempo y al comienzo del segundo período, dejaban al verde a un tanto de las semis. Tanta presión incidió para que empezara a haber líos dentro del terreno de juego. Insultos, comentarios racistas, situaciones de discriminación se apoderaron de los canallas que veían cómo se les esfumaba su meta.

El Verde no se detenía. Bocanegra y Berrío lo intentaban sin suerte desde fuera del área, igual que Henríquez de cabeza en un tiro de costado. El tiempo se marchitaba. Hasta Rosario tuvo una clara que salvó el eficaz Armani porque se confundieron dos arietes canallas. Tanto tiempo perdido por Rosario Central amplió la reposición. Y cuando transcurrían 94 minutos y 20 segundos apareció la jugada clave de la Libertadores. Ibargüen se inventó una de crack, pasó de lado a lado en la cancha, ganó la raya final, tiró un centro que bajó Henríquez, instalado ahí como nueve hace tiempo en el juego y Berrío pescó el balón dentro de las 5 con 50 para meterla al minuto 94 y 38 segundos al fondo de la red. Llegó la mala reacción de Orlando y Marlos de cantarle el tanto al arquero Sosa y entonces Troya fue poco para lo que vimos en el Atanasio. Patadas, expulsiones, bronca. Pero la serie estaba sentenciada a quien mejor había jugado 180 minutos de juego. En ese partido Atlético Nacional conseguía algo más hermoso que la clasificación a semifinales. El plantel esa noche conquistó lo más preciado que se puede lograr: la admiración de su pueblo. Al final del ejercicio todo tuvo una lectura: siendo capaces de haber minimizado a Rosario en la tenencia de pelota, obligando a un equipo protagonista como Central a refugiarse en su arco, quemar tiempo y tirarla de puntas y para arriba, el sueño era posible.

Semifinal

El torneo lamentablemente tuvo una para por la Copa América Centenario. Desde mayo hasta julio pasaron 43 días para regresar a la Libertadores. Y entre esos días pasaron cosas serias que pudieron debilitar la participación copero del elenco Verdolaga. El creciente interés del mercado internacional por los mejores jugadores de la Copa que estaban vestidos de verde y blanco creció. Se anunció en ese período de tiempo la salida de Jonathan Copete a Santos de Brasil. Luego se anunciaría que Marlos Moreno iba a Manchester City de Inglaterra, Davinson Sánchez al Ajax de Amsterdam y Alexander mejía al León de México, aunque todos podrían jugar Libertadores hasta donde avanzara Nacional. El préstamo por Ibarbo no se renovaba y como se podían hacer cinco cambios, Nacional actuó de inmediato. Sin Víctor Ibarbo y Jonathan Copete, además de Diego Peralta, Bryan Rovira y Daniel Londoño, aparecieron nombres que permitían la esperanza: Ezequiel Rescaldani, Elkin Blanco, Edwin Velasco, Cristian Dájome y un tal Miguel Ángel Borja.

Sin importar los nombres, muchos menos las individualidades, tuvo algo el profesor Reinaldo Rueda a favor en el camino: contó con un verdadero equipo de fútbol y ningún jugador tuvo la responsabilidad exclusiva de ser la esperanza de los hinchas. La fe era en el onceno. Lo que se notó claramente en el juego de ida en San Pablo, principalmente porque como lo dijo este escritor para Mi Nacional Radio en esos programas previos al juego, desde los días anteriores a la semifinal de ida, San Pablo y Morumbí olían a miedo. Primero nos encontramos al uruguayo Diego Lugano quien manifestó que por las bajas de San Pablo era factible que el verde ganara. Posteriormente el técnico paulista Edgardo Bauza en conferencia de prensa indicó que había mucho lesionado. Luego la prensa brasilera cuando el verde los atendió en Morumbí el lunes, dos días antes de la ida a las siete de la noche de ese cuatro de julio, dijo que no tenía cómo pelearle al mejor equipo de la Copa. Jamás expresaron que en Nacional también había ausencias: Berrío por la tontísima expulsión ante Rosario, Copete cedido a Santos de Brasil y Guerra quien salió desde el banco por precaución con su rodilla. Pero Nacional, ajeno al temor, con objetivos trazados y síntomas serios de Copa, pensó más en el compromiso y la responsabilidad, que en cortinas de humo propias de quienes no tienen convicción.

Desde todos los ángulos posibles los medios internacionales trataron de menguar al mejor equipo de la fase de grupos, porque históricamente se cayó con los halagos. Ahora el veneno llegaba desde otra víbora: darle más elogios al equipo de Rueda desde el entorno de los rivales. Semejante plato ni siquiera fue olfateado por los nacionalistas que estaban atentos solamente a sus propósitos. San Pablo convocó a su hinchada para la semifinal y logró poner más de 60 mil espectadores en Morumbí. La fiesta que se vivió fue acorde al magnífico escenario. Ya en el juego, la primera parte se vivió un juego parejo, con pocas opciones de gol, y las que existían de ambos lados se iban desviadas. Dos remates al arco de Armani, más al cuerpo que buscando los palos, el portero sin problemas los trasladó al tiro de esquina. Para el complemento San Pablo por ser local sintió presión y se fue arriba. El escenario era ideal para un Atlético Nacional exquisito en transiciones ofensivas. Borja la tuvo de contra y el tiro se fue al corner. Borja luego de cabeza la estrelló en el horizontal. Ibargüen y Miguel se juntaron y el remate salió débil al arco tricolor. El verde se mostraba más seguro. Su convencimiento le hacía poner el ritmo del juego.

Y llegaron las tres jugadas clave del partido. La expulsión y los dos goles del triunfo más resonante de la historia en torneos internacionales por fuera de las fronteras. Maicon agredía a Borja y veía la roja. San Pablo se quedaba con diez y con necesidad de ganar de local, lo que sugería más espacios para el verde. En 2014 por mucho menos un juez mexicano de apellido Rodríguez expulsó a Alejandro Bernal en el Atanasio Girardot a los 20 segundos de iniciadon un juego ante Nacional de Uruguay. ¿Por qué le piden a los jueces que no sean drásticos con Nacional cuando a Nacional le pitan penaltis tan absurdos como el de Central en Medellín? Nuevamente la invitación para ver el video, y la agresión. Cuando es contra Nacional hay que ser drásticos (el penal a Pérez en Huracán, a Copete en Rosario, el penal de Copete ante Rosario), pero si es a favor de Nacional hay que “darle manija” (expulsión de Mancinelli de Huracán, penal a Guerra ante Huracán, expulsión de Maicon de San Pablo). No se entiende realmente.

Lo que llegó después es la consecuencia del fútbol, no del arbitraje. Un jugador que agrede deja con uno menos a su equipo, y si es con la presión de tener que ganar, también sin orden. En los siguientes seis minutos, Atlético Nacional sentenció el juego y casi la llave. Macnelly (de espectacular accionar en los partidos decisivos), Guerra, Moreno, otra vez Macnelly, Borja y el grito de gol desaforado de mil personas en la ciudad de los 20 millones de habitantes. Luego una orquesta se apoderó de Morumbí y tras 18 toques de pelota, otra vez Borja la mandaba a guardar. 2-0 en San Pablo a San Pablo. En mi vida jamás soñé con tener un partido tan tranquilo, tan calmado, tan sereno, en Morumbí ante el tricampeón de la Libertadores, estadio donde siempre se sufrió por toneladas. Jamás creí llegar a Brasil a observar un juego de control absoluto para Atlético Nacional. Las utopías existen. Y verle el ego ablandado a los brasileros con el paso de los años es quizás otro de los regalos más hermosos que nos entregó esta versión copera del elenco de Rueda. Porque el brasilero común hace respetar lo que ganó pero no cae en cuenta del nivel que tienen, pero el inteligente mira a futuro y ve la sombra que asoma cada vez más oscura. Cerca de la “peruanización” o “hungarización” de su fútbol, los brasileros marchan acosados por la ausencia de figuras y lo denotan en las conversaciones demostrando admiración por el balompié que antes ni miraban.

El regreso a Medellín nos hizo sentir aires de Copa, pero no había que demostrarlo. Mantener los pies en la tierra era el objetivo supremo. Aunque se veía todo más cerca, mantener el método, obviar lenguajes victoriosos y no permitir la relajación, eran las consignas. San Pablo visitaba Medellín y anunciaba que venía por la clasificación, otro mensaje completamente diferente al de Brasil donde se escudaron en las bajas, quizás motivados por la pésima actuación en su propio estadio que les valió una trifulca tremenda a la salida del estadio y la rabia popular. Eso metió más respeto y generó la presión de estar atentos a la vuelta. Dio la sensación que San Pablo jugó más motivado cuando ya todo estaba perdido. Sin embargo les alcanzó para asustar fuertemente con el gol de cabeza de Calleri que sirvió para poner el partido largo 2-1 y el nerviosismo en la tribuna. Para fortuna de Nacional, tenía en su nómina al hombre de la recta final de la Copa que en cinco minutos igualó 1-1 las acciones y le regresó la ventaja de dos goles al verde: Borja. Un pase magistral de Berrío fue aprovechado de forma vertical por el ariete Verdolaga y cruzando rastrero su remate empató las acciones. Al final del primer tiempo se presentó quizás la única jugada de todo este recorrido copero en que coincido con la prensa internacional: hubo penal de Bocanegra a Hudson que no pitó el juez. Entonces me siento en capacidad de esgrimir este argumento: El juez chileno Patricio Polic no se complicó la vida ni el partido dándole el manejo a algo que podía maniobrar como actuó. Justo el comentario que escuchamos de la prensa argentina sobre los penales a Pérez y Copete en Argentina.

En el complemento llegó el desespero de San Pablo y la sentencia con el 4-1 de Borja de penalti, situación que protestó el cuadro tricolor. Con todas las situaciones de gol que se generaron para llegar a este resultado, dio rabia que hubiera sido de penalti en lugar del juego. Entonces llegaron las expulsiones de dos brasileños, el grito eterno de la tribuna de “tiene miedo, San Pablo tiene miedo” al no querer reanudar las acciones y el global marcando un 4-1 contundente y el baile a un equipo diezmado no solo en sus guerreros sino también en su espíritu. Para la historia quedaba Borja y su fantástica actuación. Cuatro goles en semifinales. Épico.

La Final

El verde estaba por tercera vez en la historia en la final de la Copa Libertadores de América y al frente estaba el sorprendente Independiente del Valle que había dejado atrás a River y Boca, convirtiéndose en el primer equipo en lograr tal actuación en la misma versión copera. El rival configuraba la primera final del pacífico de la historia y 25 años en que por fin no había un argentino, un brasilero o un uruguayo en dicha instancia. Bienvenido para el fútbol. La ida en Quito y la vuelta en el Atanasio sentenciarían al campeón 57 del torneo más apetecido de este lado del mundo. Ventajas: el equipo, el técnico y su conocimiento del fútbol ecuatoriano, Borja, el momento de Macnelly, la inmensa capacidad de Alexis Henríquez, el momento mental brillante de Atlético Nacional. Desventajas: la altura de Quito (2850 mts sobre el nivel del mar) y la ausencia de Alexander Mejía por tres amarillas.

Nacional fue acompañado a Quito por una multitud. Las calles quiteñas estuvieron por varias horas adornadas por sus mismos parajes pero por la presencia de unos 8 mil testigos del intento verde de escalar América nuevamente. Y la compañía en el estadio se sintió. Los ecuatorianos por no ser un equipo grande, fueron un elenco sin hinchada que tenía a las demás hinchadas, pero jamás se organizaron para alentar. Entonces el verde pareció local. Todo el partido se jugó bajo el aliento Verdolaga y ello sirvió para que Nacional impusiera condiciones. Diego Arias jugó un gran partido, Macnelly Torres se apoderó de los tiempos del juego, Franco Armani no tuvo mucho trabajo en el primer tiempo y Orlando Berrío aprovechó un hueco en la pareja de centrales, se inventó su gambeta, sacó el disparo y 1-0 a favor. Su disparo rasante no lo pudo evitar el San Azcona de partidos anteriores y ello conllevaba un mensaje: cada vez más cerca el título. De esta forma el verde se iba al descanso con la ventaja, sabiendo que al frente estaba un equipo cuya pólvora más fuerte la había sonado en los himnos.

Para el complemento Nacional siguió dominando el partido, tuvo la pelota, no la prestó a los de Sangolquí, y aunque no tuvieron situaciones de gol, si dejaban percibir que en el manejo de la pelota, en su circulación, en su elaboración, en la estética, eran completamente superiores. Que solo un milagro salvaría del final predecible a los entusiastas ecuatorianos que se habían topado con un elenco mucho mejor que los argentinos o el propio equipo de Pumas de México, rival que al menos llevó hasta los penales a los vecinos. Y para desdicha verde, el milagro llegó: equivocación de Armani, y Mina la empujó para el 1-1 de la ida. Todo quedaba para resolverse en el mítico estadio Atanasio Girardot, convertido ya a esta categoría desde el 27 de julio de 2016 solamente por un color.

Espectáculo memorable, salida de nivel superior, apoyo ensordecedor, fiesta total. Por momentos parecía que los ecuatorianos miraban y quisieran llevar ese color, ese escenario y ese monumento para su patria querida. La fiesta de la gente en todo su esplendor. Hasta esa noche, el momento cumbre del estadio Atanasio Girardot había sido el quinto gol de Hurtado a Junior en la final de 2004 al minuto 23 del partido. Ya existía la barra Los del Sur, que desde que apareció hace casi 20 años hace vivir la fiesta de forma diferente, y quizás ese sea el recuerdo más sonoro del estadio estallado a full. Si tiene más años a su haber, y quiere recordar otros tres momentos, le traemos estas perlas: gol de Aristi a Gremio 1995 en la final de Libertadores, gol de Higuita a River en 1995 en semifinal de Libertadores, o inclusive el 6-0 a Danubio en semifinal de Libertadores 1989, aunque con un estadio con solo un piso en populares. Elegimos el 5-1 parcial del Tanque a los costeños, y aunque después todos sabemos el final, ese momento, el Atanasio pareció derrumbarse de alegría. Hasta este 27 de julio de 2016 en que pareció que la gente que fue esa noche y desde día, llevó batería recargada para enronquecerse y ensordecerse si era necesario, pero no lo fue.

Principalmente porque es Nacional un equipo tan serio, tan maduro, tan capaz, que también dominó plenamente a Independiente del valle, que anonadado por el brutal acompañamiento flaqueó cuando menos debía, al comienzo, y cedió nuevamente la ventaja en el primer tiempo como en Quito. Cobro de tiro libre, el balón no lo alcanza Mina, Azcona reacciona tarde, y el rebote del palo lo toma con fuerza Borja, quien sino Borja, para anidarla fuerte, profundo, rastrero en el el arco ecuatoriano. Nunca tanto grito. Nunca tanta emoción. Jamás tan grandes en nuestro propio estadio. Celebración a rabiar, grito al cielo, a la gradería, al pueblo verde que desde el primer minuto y hasta el final fue a ver campeón a su equipo.

Lo demás hace parte del mejor lugar de la memoria. Paseo infernal a los vecinos, a pesar de algunas escaramuzas o aproximaciones, jamás una ocasión real de gol o un tiro directo al arco. Y en la plataforma montada luego de ese grito final, el homenaje, los premios, en alto la bandera, la Copa, pero también la ciudad, el país, nuestro fútbol. Atlético Nacional no solo conquistaba una Copa Libertadores sino también su consagración. Nadie le apagó la mecha en 14 partidos jugados, lo que indicaba que el globo había sido elevado con precisión matemática por una Junta Directiva capaz, heroica, aterradoramente sobria y eficazmente apoyadora, capaz de sumar los genios perfectos a una banda inmortal.

Llovieron al whatsap elogios de jefaturas de prensa desde todos los rincones del continente: desde Parque Patricios, desde La Plata, desde la Montevideo con olor a carbón, desde el humilde recinto de General Díaz en Asunción, desde el Monumental de Buenos Aires. Pero también desde Lima con Cristal, desde Morumbí, desde la Belo Horizonte rayada negro y blanco, desde el modesto Defensor Sporting que nos pegó una estocada en 2014 digna del aprendizaje para llegar a esta estatura, desde la sede de la Lepra en Rosario, desde Guayaquil con Barcelona y Emelec, desde el propio Independiente del Valle, rival dignísimo que no entregó nada en la final y eso hace más loable este triunfo. Rendir tributo a la correctísima actuación de los de Sangolquí es un deber. Se ajustaron a su patrón de juego y fracasaron porque su voluntad fue quebrada por un equipo superior, pero eso no permite omitir nuestro cálido aplauso.

Todavía parece que escucháramos ese canto celestial en el estadio, retumba ese sonido en la mente, es pegajosa la melodía. Sale de la garganta aún el alarido contagioso de la fiesta eterna: “Vamos todos juntos la hinchada los jugadores, a ganar de nuevo la Copa Libertadores…”. El Pregón Verde tendrá competencia por años. Gracias a estos nuevos próceres, a las modernas deidades nacionalistas que nos regalaron algo fantástico. Por estos muchachos del pueblo, se levantó la ciudad entera, dándoles las gracias porque paradójicamente, nos permitieron llorar. Cuando se trata de apreciar verdaderos valores deportivos, la tribuna siempre recibe esas simpatías con ovaciones pertinentes.

No queremos detenernos en esta escritura. O es que acaso te diste cuenta que Nacional:

Es el primer club colombiano q se corona campeón sin penales.

Es el primer elenco que llega a 33 puntos en 14 partidos en la historia.

Es el equipo de mejor rendimiento de los últimos 7 lustros de la historia.

Ganó en Argentina, Brasil y Uruguay siendo el primero en hacerlo en la historia en la misma versión.

No necesitó nunca penales demostrando absoluta superioridad sobre los demás.

Pasó la primera ronda sin goles en contra.

Su arquero Franco Armani completó más de 730 minutos sin gol en Copa.

En la final de vuelta en Medellín su arquero Armani no recibió ni un disparo al arco.

Un equipo como Rosario Central, el más complicado de la Copa, que siempre le controló el juego a sus rivales en el torneo argentino e hizo lo propio en la Copa contra quienes jugó, se vio completamente superado en tenencia por Nacional.

El público Verdolaga nunca dejó solo a su equipo y en siete juegos de visitante promedió dos mil personas por compromiso y eso con cinco juegos a más de ocho mil kilómetros de distancia.

La conquista de la gente que provocó esta enorme alegría no solo fue en el terreno deportivo, también en los corazones de la afición más popular de Colombia. Supimos por estos días posteriores a la coronación de niños que un día antes eran hinchas de otros equipos y sin ruborizarse por presiones familiares, amanecieron hinchas de Atlético Nacional. Extinguir las demás enfermedades para sumarlos a esta epidemia será un camino. Hasta extinguirlos. No es difícil si siguen a estos jugadores  símbolos que lo dieron todo pudiéndonos dejar sin nada. Ya habían cumplido con tanta gloria. Pero prefirieron inmortalizarse en el altar y no en el atrio. La ruta está abierta, cuidémosla porque mantenerse alto es un bello método de agradecer al olimpo Verdolaga la generosa siembra que hoy cosechó.

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