Abril 26 / 2017

Liga Colombiana

LIGA COLOMBIANA

1954: EL BAUTIZO

De la mano de Humberto “Turrón” Álvarez, el cuadro verdolaga vencía a Independiente Medellín 1-0 en la última fecha y daba la vuelta olímpica frente a su tradicional rival. Había acabado de concluir la famosa Época del Dorado que trajo tantas figuras a nuestro balompié y los verdes conseguían su primera estrella en Colombia. El torneo arrancaba de la mejor forma para los dirigidos por el argentino Fernando Paternóster. Las primeras 16 fechas del campeonato, los verdolagas estuvieron invictos, hasta el partido contra Boca Juniors donde se perdió el juego, no el destino. Se trataba de la única derrota del campeón en ese año. De un campeón que comenzó a mostrarle el destino a las nuevas generaciones de jugadores que se pusieron semejante camiseta.

Y con “Turrón” jugaban algunos ídolos inolvidables del firmamento verdolaga como Gabriel Mejía, Ulises Terra, Atilio Miotti (primer extranjero en la historia de Nacional), Hernán Escobar, Nicolás Gianastasio, Ignacio Calle, Domingo Alberto Pepe, Miguel Angel Zazzini, Casimiro Avalos, y el goleador Carlos Gambina quien con 21 tantos llevó a Atlético Nacional a la cúspide del torneo patrio por primera vez en la historia. Era también la primera ocasión en que un jugador verdolaga quedaba como cañonero del rentado. De esta forma el Atlético Nacional hacía su bautizo como campeón del fútbol colombiano. Ya todos sabemos que luego vendrían los demás sacramentos del principal equipo colombiano de todos los tiempos.

 

1973: CAÍA EL VIACRUCIS

Y desde aquellas épocas el paladar del hincha verdolaga se convirtió en el gusto por el buen fútbol, por el buen trato de la pelota y por la perfecta elaboración de jugadas ataque para ganar y gustarle a la gente.

Y desde aquellas épocas el paladar del hincha verdolaga se convirtió en el gusto por el buen fútbol, por el buen trato de la pelota y por la perfecta elaboración de jugadas ataque para ganar y gustarle a la gente. Era un equipo que ganaba en cualquier cancha. Tenía experiencia en sus jugadores, jerarquía en sus líderes, astucia en sus individualidades y potencia en su columna vertebral. Por donde se mirara a ese equipos, estaba dos escalones más arriba que el resto de sus oponentes y por eso consiguió no solo el título, sino que por primera vez en nuestra historia, lo hizo por fuera de Medellín y en un reducto ingobernable como el Pascual Guerrero de Cali. Tonificaban una linda historia para Nacional: ganar en cualquier latitud, y ante cualquier camiseta.

Y no era para menos. Con solo mencionar los nombres de aquella gesta, el lector de estas letras debería sacarse el sombrero: Gerardo Moncada, Gilberto Salgado, Tito Gómez, Abel Álvarez, Francisco Maturana, Teofilo Campaz, Víctor Campaz, Hugo Horacio Lóndero, Raúl Navarro, Jorge Hugo Fernández y Gustavo Santa. De pie señores.

Nacional conquistaba el título el domingo 16 de diciembre gracias a un triunfo en Cali ante Deportivo Cali con gol de título para Hugo Horacio Lóndero a los 20 minutos de la parte complementaria. Por primera y única vez en la historia el cuadro verdolaga daba la vuelta en el estadio Pascual Guerrero. Se terminaban casi dos décadas de sufrimiento. 20 años infames para el sentimiento verdolaga que a partir de esa fecha nunca dejó de celebrar.

 

1976: LA TRIPLE CORONA

Gracias, especialmente, a la mística que le imprimió al equipo (y al fútbol colombiano) un sabio llegado de argentina para dirigir al campeón: Oswaldo Juan Zubeldía.

“El Troesma” llegó en agosto a Nacional, lo encontró del décimo puesto para atrás, le descubrió las debilidades, le potenció las virtudes y en cuatro meses lo sacó campeón. Un grande en toda la dimensión de la palabra. Como lo necesitaba Atlético Nacional para pulir su historia. Como lo requería la historia verdolaga.

Nombres como los de Jorge Ortiz, Eduardo Julián Retat, Jorge Olmedo, Gerardo Moncada, Francisco Maturana, Iván Darío Castañeda, Eduardo Emilio Vilarete, Gilberto Salgado, Ramón César Bóveda, Hugo Horacio Lóndero, Raúl Navarro yy Jorge Peláez nunca serán olvidados por los aficionados verdolagas, especialmente aquellos nacidos entre 1960 y 1970. Porquer fueron ellos lo que tuvieron la fortuna de observar a uno de los mejores nacionales de todos los tiempos. Y para la historia registraron un hecho sin precedentes en el fútbol colombiano: en menos de 18 horas llenaron dos estadios, uno el Palogrande en Manizales el día del título, y dos el Atanasio Girardot para ovacionar a los campeones el lunes siguiente. Y si a eso se le suma que también se abarrotaron en el aeropuerto Enrique Olaya Herrera, podemos decir a ciencia cierta que desde hace mucho tiempo, Atlético Nacional es el club más popular del fútbol patrio.

 

1981: TETRACAMPEÓN

Con jugadores inolvidables como César Cueto, Hernán Darío Herrera y Lorenzo Carrabs, además de Pedro Sarmiento, Héctor Dragonetti, Guillermo La Rosa, Luis Fernando López, Carlos Maya, Víctor Luna y Eduardo Vilarete, más el famoso “Kinder de Zubeldía”, que era el mote con que nombraban a los jóvenes talentos verdolagas que apenas hacían sus primero pinitos en el fútbol colombiano como Norberto Peluffo, Carlos Ricaurte, Gabriel Jaime Gómez y otros más, los verdes llegaban al olimpo del balompié nacional y los miraban a todos desde arriba.

Gracias a una victoria 1-0 ante América de Cali en el Atanasio Girardot, mediante gol de cabeza de Pedro Juan Ibagüen ante cobro de tiro de esquina de César Cueto, los verdolagas sacaron a pasear el carro de bomberos por toda la ciudad que enloquecida vitoreó a sus ídolos. Para la historia quedó registrada la pierna izquierda del mejor jugador que se ha vestido de verde: César Cueto.

 

1991: SOLO COLOMBIANOS

“Bolillo” le impuso temple y personalidad al equipo y Nacional, que a seis fechas del octogonal estaba eliminado, puso garra y coraje para encasillar 18 fechas históricas que terminaron con la coronación luego de dos cuadrangulares complicados.

Con jugadores de la talla de Andrés Escobar, Giovannis Cassiani, Diego Osorio, León Villa, Luis Fernando Herrera, Omar Franco, Gabriel Jaime Gómez, Ricardo Pérez, Mauricio Serna, Alexis García, Luis Alfonso Fajardo, John Jairo Tréllez, Rubén Darío Hernández, más la exquisita aparición de la dupla más recordada de la historia de Nacional conformada nada ni nada menos que por Faustino Asprilla y Víctor Hugo Aristizábal, los verdes se ceñían una nueva corona al escudo y catapultaban la alegría de le gente que festejó el título sin parar.

Merced a una victoria por marcador de 2-1, nuevamente ante América de Cali, y gracias a dos anotaciones conseguidas por Alexis García de penalti y Luis Alfonso Fajardo de soberbio disparo, se pudo voltear un marcador adverso a favor de América y despedir el año con un nuevo título que tiene precisión calendaria en el 20 de diciembre de 1991. Si a todo esto se le suma que con esto se despidió al doctor Gabriel Ochoa Uribe de la dirección técnica en el fútbol, el logro trasciende aún más. Nacional era pentacampeón. Su pueblo no paraba de celebrar.

 

1994: EL TÍTULO DE RENÉ

Poco a poco se fue conformando una nómina interesante. Y Nacional iniciaba con pie derecho su participación. Campeón del torneo Apertura, del Finalización, del primer cuadrangular y del segundo cuadrangular, hecho que solamente había realizado en una ocasión América de Cali. Los verdes ganaron todo lo que jugaron y se coronaron campeones el 19 de diciembre de 1994 gracias a un gol agónico de Juan Pablo Ángel ante Medellín.

Y entre los monstruos de aquella faena estaba nada más ni nada menos que René Higuita quien conseguía su único título colombiano luego de pasar un año tras las rejas, soportar la muerte dolorosa de Andrés Escobar, observar el retiro por amenazas de Gabriel Jaime Gómez y regresar para decir que era el mejor. Además de él, estaban Nixon Perea, Víctor Marulanda, Edgar Cataño, Víctor Aristizábal, Alex Comas, Daladier Ceballos, Luis Fernando Herrera, Mauricio Serna, Alexis García, José Fernando Santa y Alirio Serna, entre otros.

Nacional bajaba del firmamento su sexta corona, la colgaba del escudo y acostumbraba a sus feligreses a celebrar a menudo. Nuevamente con solo colombianos, los verdolagas daban la vuelta olímpica frente a sus seguidores y sus rivales, y se mimetizaba de leyenda.

 

1999: DE NUEVO ANTE AMÉRICA

Ya no existía la definición de cuadrangular todos contra todos sino que el campeón de junio se enfrentaba al campeón del Finalización. Y el campeón del torneo del segundo semestre fue Nacional, quien en una final apretada ante Independiente Medellín lo derrotó por marcador de 1-0 mediante tanto conseguido por Wílmer Ortegón, apeó a su tradicional rival de la final y ante América de Cali a partidos de ida y vuelta logró la séptima coronación de la historia.

El primer partido en Cali concluyó igualado a un gol y el tanto del empate providencial lo conquistó Oswaldo Mackenzie sobre la hora en el partido en el Pascual que tuvo en Miguel Calero al protagonista del partido en una jugada en la que “El Tigre” Castillo lo desbordaba para anotar el segundo tanto y el portero verdolaga lo derribaba fuera del área para ser expulsado. De no haberlo hecho, el título se quedaba en Cali.

Aparte de Calero, estaban jugadores como Robinson Martínez, Wílmer Ortegón, Ever Palacios, Pedro Álvarez, Víctor Marulanda, Leiner Orejuela, Alex Comas, Dúmar Rueda, Carlos Castro, Lucio España, Henry Zambrano y otros más. Todos ellos se encargaron al final del siglo de entregarle la corona al conjunto más representativo del balompié nacional en el siglo que se marchaba para siempre. Juntos, arañaron parte del espacio sideral y bajaron otro lucero para el escudo verdolaga.

 

2005 I: HÉROES DE LEYENDA

Ellos en compañía del argentino Hugo Morales, el venezolano Jorge Rojas, más Aquivaldo Mosquera, Humberto Mendoza, Andrés Saldarriaga, Camilo Zuñiga, Felipe Chará, Héctor Hurtado, Edixon Perea, José Amaya, Jair Rambal, Oscar Echeverry y Carlos Díaz, entre otros, llevaron al éxtasis a la afición más popular de Colombia y posibilitaron un carnaval sin precedentes en el país. Esa noche de junio de 2005 la ciudad enloqueció y el carnaval se presentó en cuanto sitio y esquina existiera en Medellín.

Bajo la sabia conducción de Santiago Escobar y Juan Jairo Galeano, Nacional llegaba a ocho coronas nacionales, se acercaba a América con doce y Millonarios con trece y lograba enterrar dos finales perdidas de forma consecutiva que herían profundamente el sentimiento verdolaga. La final contra Santa Fe fue una prueba fehaciente de la grandeza que había alcanzado el club puesto que para la final, por suspensiones y lesiones, los verdes no pudieron contar con siete jugadores titulares (Chará, expulsado en el 0-0 del partido de ida en Bogotá, Perea y Rojas por lesión, y Amaya, Hurtado, Mendoza y Mosquera por sanción) y con cinco elementos de los reservistas (Juan Carlos Mosquera, Hugo Soto, Robinson Muñoz, Carlos Álvarez, Cristian Marrugo) venció a un Santa Fe timorato que quería los penaltis para llevarse la gloria pero que a falta de 10 minutos para el final del partido se le complicó el destino cuando Carlos Díaz y Oscar Echeverry le entregaron a Nacional una nueva felicidad, la octava en su historia al embocar en el mismo arco de las alegrías del 99 y el 91, una nueva estrella patria.

 

2007 I: SE ADELANTÓ LA NOVENA

Desde antes había sido el artífice, en compañía del Presidente Víctor Hugo Marulanda Velásquez, del cambio que trascendía los maquillajes ocasionales de un torneo nuevo en disputa. Expuso sus ideas y comenzó a diferenciarse de sus antecesores.

Se hizo amigo de los jugadores. Pero con rasgos de humildad y de colectividad como no permitir que los futbolistas llegaran por separado a los entrenamientos, sino todos juntos en el bus desde la sede administrativa. Sitio en donde todo el personal se encargaba de motivar diariamente a los jugadores, inyectándole a cada uno, ese toque de clima laboral perfecto que se vive por estos meses en la institución. El primer round estaba ganado. Su mensaje fue bien recibido, y pudo aposentarse en el escalón de confiabilidad y respeto que deben tener los guías naturales. Por eso se convirtió en un trasmisor de ideas desde la sugerencia. Convencido y convincente.

Y con esos ingredientes pudo armar un equipo que siempre supimos a qué jugaba. A ser generoso y solidario con el espectáculo. A progresar por abajo, a dejarse tentar por las triangulaciones. A agradar a la tribuna gracias a la forma en que se conquistaban los goles. A sorprender con el cambio de ritmo y las llegadas por el costado diferente a por donde se iniciaban las jugadas. A perforar por afuera y rematar desde adentro.

Y gracias a que Nacional no se traicionó durante el semestre, ni siquiera cuando las cartas llegaron mal barajadas tras la derrota en Armenia y el empate en el minuto 93 contra Pasto de local, se pudo llegar con fe al ascenso del rendimiento. Aquél lejano día de la fiesta de los 60 años contra América, cuando a pesar de tres lesiones (Galván, Murillo y Echeverri) Nacional ganó 4-0 y disparó su convicción. Y la feligresía.

Hasta llegar al día de los globos, las banderas y el éxtasis. La tarde-noche de los extintores, el papel picado, los gorros y algunas bengalas. Unos chorizos verdes y blancos que transformaron las tribunas del Atanasio en una pancarta verdolaga. Hasta que el temblor contagioso de las 17:21 del domingo 17 de junio nos invadió a todos, cuando Víctor Aristizábal asomó su cabeza por el túnel encabezando la última fila triunfal, hasta la fecha, de Atlético Nacional en su historia.

La historia dirá que apenas sobre la hora Nacional redondeó el título con el gol épico de Diego Toro que ya está en la videoteca de todo el pueblo verde. Seguramente no tendrá memoria para indicar que en los últimos 20 minutos Nacional se arrimó con peligro de gol en 8 ocasiones, mientras el Huila solamente llegó una vez. La ansiedad, la presión y la sed de leyenda no permitían ni pensar ni tener paciencia. El partido era para haberlo definido mucho antes. Por esas cosas del fútbol, solamente se pudo hacer a falta de 3 minutos para el final. Espacio pequeño para comenzar a festejar en grande. Para levantar la copa y brindar por tantas y tantas cosas.

Pero sobre todo por entender que no alcanzaba con saberse el mejor como en muchas ocasiones, sino que había que demostrarlo. Por ganar tres puntos cuando no había méritos para ganarlos, demostrando que la mística es propia de nuestra historia. Como antes, los partidos cerrados se resolvieron favorablemente, entregando ese plus de antaño que hacía que los hinchas fueran tranquilos a cualquier latitud. Por eso se instalaron en el escalón de las deidades verdolagas. Porque acaban de ingresar al hall de la fama labrando una bella historia. Nacional campeón 2007. De aquí a la eternidad.

 

2007 II: POR FIN BICAMPEONES

Luego de casi cabalgar el torneo regular con 38 puntos de 54 posibles, llegaron los cuadrangulares que comenzaron de la peor forma: Aristizábal lesionado el resto de su carrera deportiva y gol para el triunfo de Galván en clara posición adelantada que comenzó a tejer cualquier tipo de historias en contra de Nacional. Las telarañas obviamente las ponían los rivales, especialmente la prensa caleña y bogotana que se resistían a ver otra coronación nacionalista. Pero nunca tuvieron en cuenta que si a Nacional le dieron, también le quitaron. ¿O acaso escucharon a alguien decir que antes del gol de Galván hubo penalti de Vanegas sobre Muñoz? Ninguno. La influencia de la suerte es igual a la de los árbitros: hoy te hace perder, mañana ganar. Lo que pasa con la suerte es que hay que buscarla al frente con criterio y no esperar a que favorezca atrás encerrados. Ahora, cuando se lesionó Aristizábal y los rivales creyeron que Nacional se venía abajo, el cuadro verdolaga dejó su impronta, ratificó su método, recreó su búsqueda y pateó el tablero de aquellos que sospechaban que el gigante iba a ser fisurado por el peso de las circunstancias adversas. Se equivocaron.

Nacional acostumbró a las Empresas Varias de Medellín a recoger la grandeza del club cada que concluye un semestre. Y toca agradecer porque nos tocó ser aficionados de un equipo en cuya paleta de colores no existen los grises. Todo es arco iris. Concluyó un año que no merece esta crónica sino que merece un canto. Y todos los hinchas decimos que la alegría la sentimos en el alma. Y es muy probable que la definición no resulte estrictamente académica. Ni nada técnica. Pero es rigurosamente exacta.

Todos estamos soñando el mejor sueño que nos podamos imaginar: el de la mágica realidad. Y se recuerda la fiesta de toda esa gente verdolaga a la que para dar todo les alcanza con casi nada. Por eso envolvieron en cuestión de 72 horas, dos estadios en un óvalo en populares, preferencias y orientales, con la pintura espectacular de los colores vigentes: el verde y el blanco. Y ahí es donde uno piensa que en la calle dicen que la barra de Nacional es la mejor. Pero se quedan cortos. Los hinchas están hoy por hoy con tanta gloria conjunta, motorizados a alentar en una especie de reflejo condicionado del fisiólogo Iván Pavlov, es decir, juega Nacional, hay que gritar.

Los gritos estaban cargados de felicidad y solo los escuchaba Dios. El único que escucha cuando habla el alma. Un equipo es una fuerza colectiva confiable, inteligente, sólida, equilibrada y capaz de imponer sus virtudes individuales aún en los pasajes desfavorables, mientras que un equipo inmaduro se equivoca donde no lo debe hacer (en las dos áreas), duda, se deja ganar por la inseguridad y no sabe como monitorear o poner en órbita un partido que viene torcido o se presenta complejo. Por eso tantos festejos en 2007. Nacional no ha necesitado un maquinista de emergencia porque la locomotora nunca estuvo fuera de control.

Ese equipo recuperó la auténtica mística verdolaga de ir tranquilo a cualquier cancha. Porque ganó partidos que venían torcidos como el de Cúcuta. Y por eso la afición de Nacional se mimetizó con una de las más impresionantes óperas de gratitud a sus colores y a sus jugadores en ese 19 de diciembre que entró en la memoria de todos. NACIONAL BICAMPEÓN. Pucha, ¡qué lindo suena! ¡¡¡ NACIONAL BICAMPEÓN!!!

 

2011 I: EL VERDE ES EL CAMPEÓN

Atlético Nacional coronó otro semestre de leyenda y subió a la vitrina otra copa más para su largo prontuario de festejos. El escudo más bordado del balompié colombiano, sumó 11 vueltas olímpicas nacionales y 5 internacionales para alcanzar una categoría mítica. Reviva con nosotros la historia de un título que festejó un país futbolero.

El verde es el campeón, una vuelta más. Nos espera la Copa Libertadores de América 2012. El fin de un camino coronado de gloria colombiana. La revancha de unas últimas 3 participaciones (2000, 2006 y 2008) que no entregaron el plus de históricas para Nacional, sino simplemente de trámite. El torneo por excelencia del nacionalismo, regresa el año entrante gracias a un puñado de jugadores que dirigidos por Santiago Escobar encontraron el tesoro en una lucha de igual a igual que les terminó favoreciendo.

El verde es el campeón, una vuelta más. La rueda de los jugadores en el medio de la cancha solo está en el recuerdo de quienes tuvimos la ocasión de estar en el estadio aquella noche gloriosa del 18 de junio de 2011. La vuelta olímpica acabó y la basura propia que quedó del festejo fue apilada en 5 volquetas. La calma regresó a su sitio y ahora la mente dibuja mejores pasos para el futuro Verdolaga. Pero el éxtasis de aquella noche en que Gastón Pezzuti se recibió de héroe gigantesco de la mitología nacionalista no se olvida jamás. GP32 en la fantástica noche de la coronación, obtuvo el cartón de intocable en Atlético Nacional. Porque con el paso del tiempo en sus dos cortos años de carrera en el elenco Verdolaga, fue recibiendo cada vez más responsabilidades, él se las calzó sin temores y de su liderazgo partieron las mejores ideas y los mejores propósitos.

Seguramente Pezzuti se convirtió en la figura de todos porque hubo sufrimiento. Que el arquero se convierta en el héroe de la lucha significa indefectiblemente que el corazón se aceleró. Que las palpitaciones aumentaron. Que la sangre hirvió de otra forma. Pero vencer sin peligro es triunfar sin gloria. Por esa razón una parte de la leyenda le corresponde al hombre que llegó para acabar con 30 años de historias en Nacional sin campeón extranjero en el arco. Desde Lorenzo Carrabs en 1981. Pezzuti en la serie de penaltis ante Equidad, compró el pasaje sin retorno hacia el lugar a donde viajan las deidades verdolagas de todos los tiempos.

El verde es el campeón, una vuelta más. Aunque perfecta desde lo numérico (fue el equipo que más puntos realizó en el semestre), no está mal decir que la respuesta futbolística del equipo ofreció cambios sustanciales durante el desarrollo del torneo. Nacional hacía sufrir y sufría por parejo. Era picante en ofensiva, pero ofrecía respuestas endebles en defensa, por eso fue uno de los equipos que más goles recibió durante el torneo. Entre sus méritos, de los muchos que tuvo, habrá que anotar su permanente vocación protagónica (fue el equipo que generó más situaciones de gol en el semestre), la eficiencia de su tridente ofensivo (Pabón. Rentería y Mac10) y la eficacia con que sus juveniles se insertaron en Primera para ganarse un espacio por cualidades propias en los diferentes sectores del campo de juego.

El verde es el campeón, una vuelta más. Nacional, jugando por momentos bien, mal o regular, pero sin permitirse disminuir los niveles de entrega, siempre fue al frente. Buscó esas victorias con fiereza y firmeza. Y las consiguió por encima de sus defectos crónicos y de impactos anímicos como la pérdida de puntos ante Cartagena. Además de esa situación adversa, los verdes sufrieron otros flagelos en el semestre que les perturbaron la mente como las seis fechas de sanción a los menores, el castigo con dos partidos a puerta cerrada, por momentos observamos una evidente persecución arbitral que hizo mover el teclado presidencial para frenar tanta injusticia (siete penaltis en contra en ocho partidos), las novelas para conseguir estadio fueron difíciles de maniobrar, jugar en 5 escenarios diferentes de locales (Atanasio, Ditaires, Polideportivo, Cúcuta y Guarne) fue un insulto a nuestra afición, prohibir el desplazamiento de la afición a otras ciudades perjudicó notoriamente y hasta los hinchas pagaron el precio más alto de la historia por una popular: $90.000 en Techo. De todo eso se repuso Nacional, apoyado por su pueblo, lo que habla a las claras de la grandeza de ambos.

Allí apareció el fabuloso Cuerpo Técnico para surfear las turbulencias de la crisis que tuvo a Nacional sin clasificarse a Cuartos de Final por espacio de varias fechas: ni ante Cartagena, ni ante Tolima ni contra Quindío. Solamente ante Pereira a falta de una fecha para concluir el torneo. Y eso que venía de ser líder y de convertirse en el favorito de todos. La personalidad de sus principales figuras soportó todo para llegar al sitio que los instaló en la historia Verdolaga.

El verde es el campeón, una vuelta más. Ya en la recta final de seis partidos, ida y vuelta en tres instancias definitivas como Cuartos, Semifinales y Final, podía suceder cualquier cosa. Ninguno la tuvo fácil. Y entonces aparecieron aspectos a favor que durante tantos torneos estuvieron en contra. Las expulsiones corrieron por cuenta de otros equipos, las lesiones fueron para los demás y las sanciones perjudicaron a terceros. Debido a esto, a Tolima le costó mostrar su mejor nivel, Cali perdió fluidez en su circuito futbolero y Equidad limitó sus opciones por culpa de un técnico temeroso del que nos extrañaron sus actitudes en Techo y el Atanasio. Hasta Caldas sufrió por la otra llave para armar su mejor nómina. Nacional sabía que no estaba muerto ni mucho menos, que a pesar de tantos vaivenes en contra, tenía materia prima para suplir las adversidades y contaba además con un técnico que cultivó el equilibrio, que jamás se sintió campeón antes de tiempo y que lo dijo cuantas veces pudo. La mejor noticia de esos días era que, pese a resignar varias fortalezas (la localía, la contundencia en ataque, los juveniles con la selección), se mantenía entre los favoritos.

Nacional estaba agazapado. No le sobraba nada, pero tampoco tenía menos que nadie. Insertado entre Tolima y Caldas, los favoritos de todos, no era el candidato con mayor presión, aunque ya sabía lo que se siente. De hecho, en los últimos partidos acusó el impacto de tener el protagonismo de todos permanente ante el triunfo en Bogotá contra Millonarios. Avisaba de la mejor forma, que venía pidiendo pista. Se hacía muy fuerte de local, ganó 8 partidos en el Atanasio de 9 que disputó, sumó confianza y fichas anímicas con las victorias en ambos clásicos, Sachi le inyectó mística e identidad al plantel y tenía en vena a Rentería, Pabón y Macnelly. Remar con ese tridente ofensivo, repleto de mística y personalidad, se hizo más fácil.

De esta forma, Nacional logró con el paso del tiempo y los partidos, lo que parecía imposible: depender de sí mismo. Eso fue bastante. Más allá de su fútbol intermitente, la mini-racha de varios juegos sin perder hasta alcanzar la punta tras el asalto a Bogotá, le devolvió la confianza. Tomó un envión anímico y cargó el tanque con un combustible rico en potencia: la hermandad.

El verdes es el campeón, una vuelta más. Otro título para Santiago Escobar en Nacional. De nuevo en compañía de Galeano y ahora con Ángel como PF, Sachi entregó mística, jerarquía y modificó el comportamiento de un plantel aburguesado al que le sacó piezas claves y le sumó obreros, ofreciéndoles la oportunidad de concluir en epopeya. Sachi es un técnico de excepción. Sin dudas, integra el lote de los más grandes que hayan pasado por la Institución. Arquitecto del destino de las Divisiones Menores, Escobar amalgamó varias piezas nuevas al deseo de todos y potenció el rendimiento de un equipo que llegó a la estrella 11 de su historia. Definitivamente, Escobar es un técnico con códigos que no pasa nunca  primero por el periodismo que por los jugadores, que sostiene la palabra frente a todos, que dirige y ordena desde la sugerencia y no desde la imposición y por eso tiene eco en el vestuario.

Jugador más, crack menos, los 25 elegidos por Sachi más los juveniles permitieron ilusionarse con un gran torneo desde el principio. Las principales individualidades, tanto para defender, generar juego o definir, llegaron en óptimo nivel futbolístico. La misión de Escobar fue la de moldear un equipo de identidad firme con semejante materia prima. Parecía fácil, pero no lo era. Y el primero en saberlo fue Santiago, que no dudó en arriesgar su propio mito. “Miren miren a Santiago, mírenlo como se ve, dirigiendo desde el banco, con el corazón de Andrés”, deben ser unas palabras que le retumban cada noche en su cabeza tras todo lo que se tuvo que superar y las cosas que tuvieron que pasar para que esa entonación se repitiera seis años después con fervor.

El verdes es el campeón, una vuelta más. Carlos Rentería vino y demostró que el área es su hábitat natural. Acomodó allí su sala y es el lugar de su casa donde más cómodo se siente. Conquistó el Botín de Oro y nos regaló goles de título siendo goleador del campeonato como lo habían hecho solamente Carlos Gambina en 1954, Víctor Aristizábal en 2005 y Sergio Galván en 2007. Enarboló la bandera de la contundencia y fue otro que cambió pitos por aplausos demostrando lo grande que es, un jugador que pivotea y protege la pelota como pocos, que sabe encontrar espacios donde no los hay, que repentiza en una baldosa y que tiene una notable capacidad de anticipación en los diez metros más calientes del área.

Poco a poco a partir de tantos buenos rendimientos individuales, el fútbol de Nacional se hizo indestructible en el Atanasio en donde logró 24 de 27 puntos, y de local más el triunfo ante Itagüí en la Sede, con Cali en Cúcuta y el empate con Quindío en Ditaires. Por fuera del cobijo de su gente, proponía fútbol siempre y ganaba o perdía, pero siempre quería ser más. Ganó en Neiva, en Bogotá, igualó en la capital con Equidad y Santa Fe y perdió los demás. Pero se quedó al final con el orgullo de quedar en paz con la historia.

El verde es el campeón, una vuelta más. Otro que no desentonó fue Macnelly Torres. Vino un solo semestre y dio personalidad. Nacional con él fue diferente. Mejoró ostensiblemente su llegada al arco del frente. Fue un Nacional más asociado, de menos pelotazos, con mayor elaboración, con mayor gusto en el trato de la pelota. Fue un Nacional superior, gracias a la personalidad del jugador costeño. Porque sabe qué es ganar y lo contagia. Porque entiende el mecanismo del juego y si bien se equivoca, atina en muchas partes de su juego y por eso asistió 13 veces a sus compañeros para anotar, de sus pies salieron 9 prepases de gol, cobró 8 faltas que concluyeron con el balón en la red y anotó cinco tantos. Una producción realmente envidiable. Sin lugar a dudas Macnelly prestigió la plantilla de Nacional por su juego y su fina intuición para olfatear flancos vulnerables. Cuando duela su ausencia, florecerán las anécdotas y los recuerdos. Por fútbol o tenacidad, abría puertas que para otros estuvieron vedadas. Su recuerdo perdurará para siempre porque de su temperamento Nacional se transformó de un equipo potencial a un equipo en potencia. Cristalizó una antigua forma de jugar del verde y cuando se le venían los plazos al equipo encima, fue el generador de las ideas que llevaron a Nacional a tener un hombre que puso pases de gol cuando más se necesitaban: en la final. El momento delicado en que se necesita de todo y de todos. Puso serenidad y mensajes certeros como tratándose de un elegido. Esa cuota superior de compromiso y rendimiento a la altura de la cotización.

El verde es el campeón, una vuelta más. Los papelitos del día de la final ya cayeron y fueron recogidos. Las imágenes de la tribuna cantando como poseída por el espíritu de la historia, quedó grabada en la memoria colectiva. La vuelta olímpica de los jugadores y sus familias fue un hecho genuino que brilló en la noche de la coronación. La garganta ya está cansada de gritar. Los ojos molestos de llorar, la mente asediada de tantas alegrías, el corazón irritado de tanta euforia. Es momento de pensar en el futuro: pero qué futuro si el presente es ya. Sí, es ya, pero el futuro obliga. Obliga a que recordemos esta noche pensando firmemente en que todo se puede volver a repetir. Para gloria conjunta del equipo que más celebra en Colombia.

2013 I: CAMPEONES OTRA VEZ

Atlético Nacional consiguió una nueva corona en su largo historial y alcanzó su vuelta olímpica número 19 de su leyenda. Con 12 ligas, una Copa Postobón, una Superliga Postobón y cinco vueltas internacionales, el elenco verde es el más ganador de Colombia. Lo mejor: sus hinchas se sienten mareados de dar vueltas.

La pólvora estalla en el cielo de mi tierra. La algarabía nuevamente se apoderó de la tranquilidad de la noche. Una victoria apoteósica en Bogotá, permitió el delirio popular más grande del país futbolero. Atlético Nacional derrotó 2-0 a Santa fe en el estadio Nemesio Camacho El Campín y con eso nuevamente envió a su afición a contarle a las calles su felicidad. Doce estrellas en el escudo y siete títulos más de otros torneos, hacen de Atlético Nacional el equipo más ganador de Colombia. Y ese orgullo se lleva muy adentro del corazón.

Esas mismas personas que unos días antes de la final con Santa Fe se encargaron de ganar el campeonato, otorgándole al plantel  el envión anímico necesario para jugar las dos finales ante los cardenales, además de miles de aficionados más, ya estaban en las calles de la ciudad, otros regados por todo el país, gritando su júbilo. Mientras tanto, cada vez más solos, los jugadores celebraban el título en El Campín. Hacía 37 años que Nacional no daba una vuelta olímpica colombiana por fuera de su casa. Había ocurrido en el lejano 1976 cuando Oswaldo Juan Zubeldía y sus muchachos se coronaban en Manizales. Esta vez Bogotá, que no permitió público de Atlético Nacional, observaba muy de cerca la grandeza que tiene el elenco Verdolaga.

La gente en Medellín y Colombia salía a gritar con los vecinos su alegría, mientras en Bogotá los futbolistas verdes recibían medallas de oro. Mientras El Campín en Bogotá se vaciaba, en el resto de Colombia las calles se llenaban de color, de música, de leyenda. Luego de 180 minutos en que Atlético Nacional fue infinitamente superior a Santa Fe, y lo doblegó en su casa 2-0 con tantos del inmenso Jeferson Duque y de Luis Fernando Mosquera, pudimos entender tantas cosas que solamente la alegría de tener el título en las manos, nos pudo corroborar. La credibilidad en el proceso del profesor Juan Carlos Osorio encontró destino y gracias a él, Nacional hoy vuelve a hablar de identidad. Triunfó su metodología, diferente a la nuestra, más moderna, más especializada, difícil de digerir, pero exitosa ciento por ciento. Por eso vemos hoy tantos detractores con sus armas mirando al suelo. Agazapados esperando una oportunidad que no van a encontrar porque definitivamente los jugadores lo ven como uno más. Se acabaron los rumores de los vestuarios verdes, nadie sale a vender el camerino, todos tiran para el mismo lado. Eso habla de un conductor que prefiere el consejo al regaño. Líder natural que no se confunde en las dudas.

Los cardenales no inquietaban. Tenían la pelota, pero no alcanzaban profundidad. Pasada la media hora de juego, el triunfalismo que había en El Campín comenzó a transformarse en incertidumbre. Era lógico, adelante había un equipo que no solo iba a vender cara la derrota, sino que había viajado a Bogotá a ganar, fortalecido en la impresionante muestra de afecto de una afición que consiguió lo que ninguna otra en Colombia: ganar un título. Por todas las calles de Medellín y de Colombia, los aficionados verdes observaban el partido, tranquilos en la seguridad que mostró esa noche el equipo, seguros de poder vencer, aliados con las emociones vividas en las horas previas cuando a los jugadores se les había entregado el corazón.

Parecía concluir la primera mitad nuevamente en ceros, como en el Atanasio Girardot, cuando ninguno de los dos elencos se hizo daño. Hasta que surgió el método con el que Nacional fue eficaz en el semestre y fulminante la majestuosa noche del 17 de julio de 2013 cuando quedó registrada la vuelta olímpica doce de la historia. Nacional recorrió los 100 metros de la cancha en cuatro pases y desde Farid Díaz, pasando a Macnelly Torres, Sherman Cárdenas y Jefferson Duque, en un fútbol vertical, el sello de la era de Osorio, consiguió un gol psicológico antes de ir a vestuario. Duque entraba a la historia con un derechazo al primer palo de un Vargas que estaba allí, sin saberlo,  para hacer más grande a Nacional, no a santa Fe.

El recuerdo de los hinchas exaltados en el aeropuerto de Rionegro servía de escudo en la segunda mitad para frenar el ataque santafereño. La memoria apelaba a los momentos del recibimiento de la afición en Bogotá en el Puente Aéreo y basados en esas imágenes se intentaba buscar ampliar la diferencia en el arco del frente. El partido transcurría tranquilamente, Nacional no veía peligrar su estrella. Igual a lo sucedido ocho años atrás ante el mismo rival, esa gloriosa camiseta jugó un papel importante. El radiante estadio capitalino en cuestión de minutos había cambiado su escenografía. Ya no había fiesta en Bogotá, parecía que los habían invitado a una lúgubre ceremonia en la que no participarían del carnaval visitante.

Como nos lo manifestó nuestro amigo el profe Juan Carlos Castaño, “ha ganado la metodología contemporánea, después de tanta resistencia del sector tradicional. Ha triunfado el fútbol planificado con entrenamientos organizados y meticulosamente diseñados a las necesidades del grupo. Ha ganado la ejecución óptima de la periodización táctica, ha triunfado la inteligencia de juego basada en el entrenamiento funcional en donde la desidia no tiene participación. Ganó el complejo fenómeno de la rotación que integra elementos fundamentales como la cohesión del equipo, la honestidad, el conocimiento puntual sobre la fisiología y la anatomía”. En otras palabras, ha triunfado el cambio, ha triunfado alguien que estudió, tras recibir tantas críticas de algunos que se quedaron en el tiempo y no se permitieron la evolución que trae consigo el fútbol.

Los pitos, la maicena, el aguardiente era el común denominador de las calles de mi pueblo. No lo vi, pero es fácil imaginárselo. Lógico, tantas vueltas olímpicas te hacen acordar de cada uno de los detalles, por repetitivos. Por cercanos. Por imperecederos. Locura colectiva en cada esquina de Medellín, del Valle de Aburrá, de cada barrio. No hubo freno para el exceso. Nadie quería que lo controlaran y quienes debían controlar, preferían sumarse al festejo. Es la pasión, la esquizofrenia y la demencia que provoca este sentimiento, más popular que los demás, más grande, más exitoso, con más aguante. De pronto, Luis Fernando Mosquera recibió de Macnelly Torres y metió otro derechazo a la gloria con el que sentenciaba la estrella doce para Nacional. La celebración no la vi, me la escondieron los hinchas de Santa Fe abandonando El Campín y cuatro lágrimas que bajaron en ese momento por mis mejillas rumbo al corazón.

Una vez Imer machado pidió la pelota y alzó los brazos, comenzaron a escucharse en occidental y oriental algunos destellos verdolagas de hinchas camuflados que no quisieron perderse la gloria. Ya nadie los retiraba del estadio, habían burlado todo tipo de controles para estar con su equipo, así su elenco no se diera cuenta. Son las actuaciones que provoca este Atlético Nacional grande, inmenso, que luce en sus colores el brillo de una gigante afición que lo persigue por todos lados y no se detiene con ningún inconveniente. El frío cemento de El Campín se apoderaba de la óptica, y parecía hasta extraño que en la cancha hubiera una fiesta. Llegaron las fotos del campeón, la fiesta en el vestuario, los abrazos, la salida al aeropuerto y la llegada a Rionegro. El momento en que empezó otra historia. Similar a la del apoyo antes de partir, diferente porque ya no era un pedido sino un agradecimiento. Aquellas motos, vehículos y buses entre La Rondalla y el aeropuerto que dieron imágenes espectaculares. Aquellos hinchas montados en los colectivos despidiendo a su equipo ya no estaban, seguramente estaban otros que no permitían que el bus de Atlético Nacional avanzara a más de un kilómetro por hora. Aplausos, cánticos, color, fiesta. Es lo que produce el equipo Verdolaga.

El bus del campeón colombiano necesitó dos horas para avanzar 500 metros y poder salir del aeropuerto e internarse en la autopista hacia Medellín donde increíblemente (mentiras, para este pueblo está demostrado que no hay increíbles), lo esperaban más de diez hinchas al lado del estadio a las cuatro de la mañana. El recibimiento fue apoteósico. 10 mil próceres verdolagas vitorearon a su equipo recordando la gesta capitalina. La noche en que Juan Carlos Osorio dejó su impronta, ratificó su modelo y pateó el tablero de las tradiciones, refrescándonos una revolución futbolística propia de los distintos, de los diferentes, de los adelantados. Porque pensó la final en 180 minutos, no partido tras partido. Por eso el día que Wilson Gutiérrez en Bogotá quiso ofenderlo, él le llevaba cuatro días de ventaja de haber pensado la final. En El Campín, vimos el compromiso que Wilson Gutiérrez no supo jugar. Suficiente para pensar en que, en los próximos meses, la directiva no revisará el proyecto Osorio. El alba acompañaba la salida del bus verde hacia la sede. Allí viajaban los futbolistas campeones y los trofeos para las vitrinas. No importaba el cansancio, ni el poco sueño. Quedaban para siempre los momentos memorables en que los hinchas le habían puesto altivez a la conquista. Y la felicidad eterna de cada aficionado de irse a su hogar pensando seriamente en la gratitud que le debe a sus colores por el solo hecho de que Nacional siempre aparece, cuando existe una oportunidad como la de Bogotá.

 

2013 II: EL REGALO DE PAPÁ

Atlético Nacional escribió su página más gloriosa a nivel local y levantó las tres coronas del 2013 en el ámbito colombiano. Tras vencer al Cali 2-0, JC se confirmó como el mejor técnico de Colombia y sus dirigidos demostraron que lo colectivo prima sobre lo individual. El Verdolaga, además, le entregó una alegría inmensa a su afición.

Se acabó, todo culminó. Hace segundos concluyó el año más maravilloso de la historia de Atlético Nacional a nivel local. Mi puño contra la pared del vidrio de la cabina radial donde relatamos el partido, enmarcaba un tricampeonato jamás logrado por equipo alguno en Colombia. Detrás del cristal, un pueblo en llamas vestido de verde y blanco disfrutaba de un recuerdo memorable para los anales de la historia del fútbol de mi país. El vidrio separaba las emociones, no el destino del corazón envuelto en un placer conjunto incontrolable.

Se acabó, todo culminó. Levanté mis manos. Lloré, me abracé con los compañeros de transmisión, con amigos, con conocidos, con desconocidos con quienes nos unía una felicidad irrepetible. Comencé a temblar. Grité. Sentí orgullo, miedo y satisfacción. Miré al cielo, cerré los ojos. Recordé la lamentable pérdida de mi madre. Hice cuentas. Desde que ella partió de este mundo el 26 de junio hasta esta magnífica coronación, Nacional solamente perdió cinco partidos ante Patriotas, Chicó, Cúcuta, Bahía y San Pablo en 47 partidos oficiales. Algo me decía que ella había hecho algo. Mi corazón me exigía pensar así. Mi recuerdo imborrable de su imagen  me indicaba que ese era mi eterno agradecimiento por su memoria. Por su educación. Por su enseñanza. Nacional tricampeón. Te amo mamá.

Se acabó, todo culminó. Atlético Nacional se llevó todas las coronas del 2013. ¿Quién me habrá observado en mi silla, acaso atrapado por un extraño conjuro? ¿Quién habrá visto mi alma más sana que nunca, más pura que nunca? ¿Quién me habrá analizado en el momento en que mi corazón parecía el motor de un transbordador espacial? Atlético Nacional tricampeón 2013. ¿Acaso alguien notó que mi pulsación estaba fuera de límites? ¿Pudo alguien percatarse que detrás del vidrio 44 mil almas rugían con la fuerza de la inocencia de volver a gritar la palabra sagrada? ¿La que con el profesor Osorio se hace cada vez más familiar? Claro que sí. Se notaba porque todos vivíamos la misma sensación bañada en el sentimiento de hinchas. De fieles seguidores de la causa más ganadora del fútbol de nuestro país. En el casino del fútbol Nacional lograba el mejor blackjack de su historia al conseguir la 21 en el escenario ideal: delante de todos y con relancina de figura y as.

Se acabó, todo culminó. Viendo en mi propia piel ese toque mágico de la ansiedad, y notando que los vellos comenzaban a separarse del cuerpo, bajé a la cancha. A observar de cerca la fiesta que se extendía por todo el país. A estar al lado de quienes hicieron historia. A otear desde un lugar único al magnificente pueblo Verdolaga encontrándose en esa inexplicable situación de gritar campeón. A ser testigo de la gloria de sus jugadores y la felicidad de la gente. A imaginar escenarios para poder escribir estas letras. Como el del señor sin piernas en oriental que pudo caminar con sus ídolos en esa alocada vuelta olímpica que no se borra de la mente. Como los niños desbordados de occidental que apenas comienzan a transitar el sendero del equipo más ganador de la historia. Como la gente de norte rindiéndose al encanto de JC, que para ese momento ya tenía su camisa por fuera de su vestimenta, pero su don por dentro del alma de la gente. O la inmaculada afición de sur que ejecuta una fiesta de la que se pegan todos y pareciera que su recital mereciera no estadios, sino teatros.

Se acabó, todo culminó. A mi lado se veía solamente un color, que nuevamente era más de uno que nunca. El verde se paseaba en frente de mis ojos, bañados en ese momento elegido de los mejores recuerdos por nerviosas lágrimas que le daban un tinte especial a esos segundos, y una añoranza importante a un 15 de diciembre que no se olvidará jamás. Recordé que había llegado al estadio temprano. Atado a miedos, angustias, sensaciones de desconfianza por lograr lo impensado. Pero la gente a mi paso me llenaba de confianza. Y a la llegada del equipo y ver de cerca sus rostros, inmediatamente los temores desaparecieron. Estaba frente a gente profesional y ganadora por excelencia. Ya en el momento del partido, sentado en la silla de la cabina de transmisión y viendo como el estadio se me caía encima con su fervor, espanté el nerviosismo que había nacido en Cali en el partido de ida en el cual había nacido la posible desconfianza. Porque vale la pena recordar que en el Pascual Guerrero en los primeros 90 minutos, Nacional había tenido suerte de campeón, especialmente en esa jugada de la devolución de Murillo a Neco en que el balón y su efecto fueron obedientes con el mejor equipo de Colombia.

Se acabó, todo culminó. El camino Verdolaga del segundo semestre del año fue tan diferente al del primero. En aquel título nadie creía. En este, todos estaban seguros. 2013 I fue el premio a la construcción del proceso. 2013 II fue el laurel al postgrado. Por eso la gente cantaba. Y su canto me invitaba a sumarme. Ver al pueblo feliz, me indicaba que este equipo, sus jugadores, su cuerpo técnico y sus directivas, le habían cumplido a la gente. Vencieron en tres finales del año a tres equipos con historia: Santa Fe, Millonarios y Cali. ¿Acaso una mayor superioridad? Una verdadera alabanza a quienes querían ganar. A quienes exigieron tantas cosas siempre. A quienes inclusive, no creyeron.

Se acabó, todo culminó. Entraron los azucareros a la cancha. La rechifla general. El furor se apoderó del estadio, dibujado por una pasión casi demencial. De un momento a otro solamente se veían humo y papelitos. Intuyo que debajo de esa escenografía, el pueblo se pestañeaba con las mieles de la leyenda, con la pupilas de quienes predicen la historia. Hombres, mujeres y niños, se me unen en el sentimiento de tratar de encontrar el momento sublime de la comunión nacional. Un cordón invisible a todos, nos une en el clímax de buscar lo esperado en un escenario donde podría ocurrir lo inesperado. Por eso las voces se juntaban en coro y estruendo para evitar el propósito azucarero. El maltratado y querido torneo colombiano estaba a punto de concluir faltando solamente la última función, que bañaría de gloria al verde de la montaña.

Se acabó, todo culminó. Empieza el partido, el ambiente se distensiona, la tribuna se relaja, los nervios le ganan el partido al fanatismo. Lisarazo patea y ataja Neco. Nacional no encuentra espacios. Los cigarrillos se prenden. Las uñas desaparecen. La marca del Cali parece compacta, sin imponer absoluto respeto. Aparece en un rincón de nuestra memoria el recorrido del semestre, la supremacía intachable del mejor equipo de Colombia y aumenta la esperanza. Nacional empieza a tener más la pelota. JC desde el banco da instrucciones. Arias guapea cada pelota, Cárdenas corre como si tuviera más aire que todo el Amazonas, Duque disputa cada balón como si fuera el último de su vida. ¿Sabrá Jefferson que llegó a su destino de héroe no solo por sus goles, sino por esa entrega especial que hace que el pueblo unánimemente lo elija sin saberlo?

Se acabó, todo culminó. Marcaciones en zona. Concentración absoluta. Drama en las tribunas y frente a los televisores. Tiro de esquina. Una fortaleza del verde por hombres como Henríquez, Ángel y Nájera que no estaban en la final, pero además como Peralta y Murillo que sí actuaron. Oscar Murillo. Defensor. Especialista. El hombre que ofrece posibilidades ofensivas. A su cabeza apunta Nacional. Y en su cabeza comienza a ganar Nacional. El testazo del defensor es desviado por Camacho, descontrolado Mondragón, balón a la red. Y sabemos qué significa para un alma nerviosa que el balón bese la red a favor: primero que el rival acuse el impacto y segundo que el corazón propio también sienta el estallido de la euforia. El hondo y cruel silencio en Cali se escuchó en el Atanasio Girardot. El lado izquierdo del pecho del pueblo más popular de Colombia comenzaba a lastimarse con el repiqueteo infernal del músculo del amor incondicional a la causa.

Se acabó, todo culminó. El trámite del encuentro vuelve a ser parejo. Termina el primer acto. Un cuarto de hora para el remanso de los músculos. No está nada mal. Todo va por buen camino. Este equipo que difícilmente sostenía las ventajas en el primer semestre, se notaba más maduro en el segundo y ese dato tranquilizaba la mente. El partido en el complemento se vuelve a hacer más parejo, aunque sin opciones de gol para la visita. Nacional es hermético, seguro y confiable. La disciplina táctica de sus hombres es perfecta. En ningún momento el Cali hace prevalecer el “terrible” funcionamiento que dio para que los medios caleños y capitalinos le dieran como el favorito de la final. El espectáculo, cargado de emoción, comenzaba a encontrar situaciones favorables a Nacional con opciones en el arco norte. Hasta que el balón aéreo de Murillo es bajado por Berrío para que Duque, jugador inmenso con destino heroico, sentencie la situación de pierna derecha. La fiereza del Cali se ve aturdida. Al partido le faltaban minutos, pero la sensación se reflejaba resuelta.

Se acabó, todo culminó. Gana Nacional sin pegar, sin protestas, sin simular faltas, sin patear de punta y para arriba la pelota. Con altivez. Con decoro. Jugando con fidelidad por el proceso con el cual desembocó en el mejor equipo de la historia colombiana y único tricampeón en un mismo año. MA-JES-TUO-SO. IN-MA-CU-LA-DO. El verde paisa había dejado el espacio para que entrara con altivez, la justicia. Y así era campeón de Colombia en un 2013 inolvidable. Abajo en el césped, y mientras las ceremonias carnavalescas surcaban cancha y gradería, continué acordándome de muchas cosas. De las que me hicieron militante especial de este proceso, de las dudas que se generaron en su momento, de los registros que se alcanzaron a batir, de los partidos y los goles. Había mucha gente que dábamos la vuelta olímpica con el equipo. Pero solamente los jugadores, el cuerpo técnico y los directivos podían reclamar una porción del éxito. La gloria escribió en la cancha, el banco y la Junta Directiva, a sus propios dueños.

Se acabó, todo culminó. ¿Quién lo dijo? ¿Acaso no se repiten las mismas imágenes en mi memoria cada vez que quiero ir al lugar de la emoción? No. No se acabó ni culminó, porque vivirá por siempre en los corazones y el recuerdo de la afición. Ya dejé de llorar. Ya no tiemblo. Ya no grito. Ya tengo otras metas. Porque este equipo permite la inmejorable situación del hincha de dejar a un lado un pasado exitosísimo, para proyectar más metas. Viene la Copa Libertadores de América, la Copa Sudamericana, otros cuatro torneos colombianos. Camino por sur, oriental. Troto por norte y occidental. La alegría es única. Cierro los ojos. En algún lugar de alguna de esas graderías, creo que veo a mi mamá.

 

2014 I: BIENVENIDOS AL MURAL

Atlético Nacional conquistó su tercer título de forma consecutiva, su primer tricampeonato de la historia, la estrella 14 y el título 22 de su frondosa vida, erigiéndose como el campeón más sagrado del fútbol colombiano. De inmediato, sus jugadores y su Cuerpo Técnico se instalaron en las paredes del Club. Crónica.

Lo de Atlético Nacional parece no tener fin: consiguió su primer tricampeonato de la historia, clasificó nuevamente a la Libertadores, participará en la Sudamericana y ahora defenderá un tricampeonato en Liga y un bicampeonato en Copa. ¿Algo más? Sí. Llegó a 14 estrellas y con 22 vueltas olímpicas totales no hay quien lo iguale en el rentado doméstico en títulos. Todo un manjar para una afición que se codea con sus éxitos.

Tras vencer a Junior en un final dramático y cobrar revancha de aquella final de 2004 cuando los tiburones triunfaron de igual manera, los verdes ubicaron este grupo deportivo y este Cuerpo Técnico en el escalón más alto de la historia Verdolaga, equiparándose con la gesta de la vuelta en la Libertadores. Con disciplina, seriedad, trabajo, identidad y tolerancia, 30 hombres acaban de hacer historia e instalarse para siempre en las paredes de la Institución.

El equipo que lo tuvo todo, variantes, fútbol lujoso, pelota detenida, transiciones hacia adelante y hacia atrás, juego colectivo y a ras de piso, circulación de pelota, amplitud del terreno de juego, goles, sistema defensivo confiable, desmarques de ruptura, ambición, sorpresa y títulos, dio otra vuelta olímpica y su público no para de gritar campeón. Con seis títulos en los últimos dos años, el verde acaba de conseguir la era más fructífera de la historia del fútbol patrio y consiguió algo difícil de igualar. Y con tantas vueltas olímpicas soñadas, inició el 2014 con festín unipersonal que verdaderamente debe lastimar a quienes están por fuera de la fiesta.

Atlético Nacional da seminarios permanentes de cómo lo que se entrena da puntos y hasta títulos. Esa jugada en el último minuto de John Valoy es el trabajo de la semana, aunque digan que fue casualidad, quizás para intentar empañar un título que no merece crónicas sino canciones. Estos jugadores interpretan de forma excelente la partitura perfecta de cuando el profesor Juan Carlos Osorio los manda a la escena. Se trata sin dudas de un equipo, que con cualquier combinación de jugadores posible, en la mayoría de los casos le gana a los equipos que vienen a jugar en treinta metros y replegados muy atrás, cuando eso en tiempos anteriores era un boleto al triunfo para los visitantes en el Atanasio Girardot. Reivindica la vieja escuela verde de jugar de la misma forma en cualquier latitud con la filosofía intacta de querer jugar y posiblemente mediante esa vía la victoria llegará en un porcentaje más alto que por otro sendero.

Osorio se confirmó como un hombre que es capaz de convocar, de dirigir y alinear a un grupo detrás de un objetivo. Acaba de conseguir otro laurel y es el de aquella persona que nunca escuchó salir de su vestuario una queja o una crítica en dos años. ¡¡¡DOS AÑOS!!! En el fútbol moderno parece inverosímil pensar que el manejo tan acertado del grupo bajo un mismo proceso y una misma identidad, tenga tanto tiempo de duración y que parezca aun más, que la receta no parece agotada, sino que por el contrario, necesita de más adeptos para seguir intentando la gloria. Este risaraldanse parece haber encontrado su sitio en el mundo y a pesar de haber recibido ofertas de otros países, siente que la historia le puede a la chequera y que la gloria es inmensamente superior al vil metal. El lugar que ocupa lo hace feliz, y la visión que tiene lo compromete a estar.

Para llegar hasta allí, tuvo que sortear situaciones, porque definitivamente no fue fácil. Principalmente la de aprender a hablarle a jugadores consagrados, a futbolistas por consagrar y a juveniles de la base, con la transparencia de un guía que no se confunde en las bifurcaciones y siempre tiene una palabra a la mano con la que convence a la gente de sus decisiones. Aún más, es un técnico que no solo explica su mecanismo, sino que enseña con el mismo.

El estadio se va a estallar. Los rostros de cada hincha de Nacional quieren encontrar cómplices cercanos, que los hay por montones, y por eso las miradas delatan un mismo sentimiento. Muchos ojos se reúnen en un lugar común: la felicidad. Los abrazos le dan la bienvenida al tricampeón. ¿Quién en el Club tendrá que blanquear las paredes para que llegue la banda de Osorio? Al publicista le tocará idear el mural, al de mercadeo, venderlo, al Presidente elegir la fecha, a los visitantes, a futuro, admirar y apreciar la gesta.

Siguen pasando las imágenes a mil por hora en el retrovisor de la mente. ¿Por qué tanta gloria? ¿Acaso porque cuando Osorio transmite su calma, alivia la presión y eso ayuda a ganar? Es que nunca se mostró preocupado por una lesión de un jugador importante, que las hubo muchas en este semestre (Bernal, Díaz, Medina, Calle, Martínez, Duque, Henríquez) más allá de la situación personal del afectado y podríamos entender ese detalle como la transmisión de un mensaje de confianza enorme al reemplazante.

Ahora, la mayor parte de la gloria recae en quienes juegan, sin dudas. No fueron ajenos al compromiso de saber profundamente qué tipo de gente representaron y se mimetizaron con los colores del nacionalismo. Henríquez me levanta del asiento muy temprano, parece que Nacional es una tromba. Parece que a Junior le volverán a entrar todos los de 2004. La estampida del grito la siente el cuadro tiburón y creo enormemente en que el segundo va a llegar. Una opción, dos opciones más y nada. El verde tiene la pelota, Tiene la confianza. Junior está nocaut, pero haciéndole honor a esa tierra del boxeo, saca un golpe de la nada y empata el partido. 1-1. Otra vez de ceros.

El verde siente el golpe. No reacciona. Toloza tiene otra ocasión más que se va por encima de la casa de Armani. ¿Le podrían regalar ese arco a Franco Armani? Palermo alguna vez se llevó un arco para su casa. Osorio grita, los jugadores no lo escuchan. La tribuna lentamente se congela. Pasan los minutos, no se generan situaciones en ningún arco. La pelota transita por la cancha sin gobierno. Comesaña feliz. Se juega el partido que él más quiere. Suena el silbato. Termina el primer tiempo. Siquiera. Osorio recompone.

El complemento

Guisao por Henríquez anuncia presión. Nacional quiere la pelota y mete otro delantero para recuperar el útil cerca del arco contrario y para abrir la cancha. Aparecen en la cancha unos movimientos estudiados y preparados en las frías mañanas de Guarne. Los centrales no suben por desesperados y sin orden, sino por sumar gente en la zona medular para tener con mayor intensidad la pelota. Es puro trabajo previo, calculado de esa forma, en caso de tener el reloj en contra. Lo de la visita ya era solo aguante y resistencia, porque sin Toloza en la cancha, no tenían ni velocidad ni sorpresa. Nacional le hace perder por completo su juego colectivo a un visitante que elige el refugio como única arma para sobrevivir, olvidándose de sus alas para volar. Es la orden de su técnico desde el palco del Atanasio, es en lo que cree. Pocos dijeron luego que Comesaña perdió el partido. No debería haber más responsables en Junior que su propio orientador. Si bien la presión de Atlético Nacional le había quitado la posibilidad de alzar vuelo, tampoco hubo reacción desde el banco y se confío plenamente en la fórmula de la semifinal en Bogotá. Error. El fútbol pocas veces premia esas tácticas dos veces consecutivas.

Junior parecía una sinfónica de entrar y salir de las 18 cada 40 o 50 segundos mientras Nacional la movía de un lado a otro. Los costeños no la tenían y el verde seguía subiendo gente e intentando la igualdad del partido largo. Era como si Nacional tejía con las agujas el juego y Junior cortaba con las tijeras el saco. Todos en el estadio preguntaban por la hora. Los relojes pasaron a estar de moda: todos preguntaban por ellos o los miraban apresuradamente.

La inseguridad me levanta del asiento. Faltan 5 minutos y no aparece la jugada. Muy a pesar de ser dominadores del juego, porque cuando Junior eligió irse atrás, le dio protagonismo a Ángel a Valoy a Bocanegra y a Guisao. Pensaba, que si allí era cuando Comesaña había comenzado a perder el partido, ese detalle por qué no se reflejaba en el marcador. Encima cuando Nacional iba, aparecía un Viera inmenso. ¿De dónde rayos tan inmenso un arquero tan normal? La baja Ángel (Metió miedo con su ingreso y encerró a Junior en su arco) y el cabezazo de Duque es desviado por un enorme Viera. Llega Valencia y achica Viera para evitar el tanto. Cabezazo de Ángel y Viera ataja. Remate de Ángel de volea y Viera contiene sin rebote. ¡Qué cabina tan chica para este desespero! ¡Deberíamos transmitir al aire libre para poder caminar mi casi frustración!

Última jugada. Tiro de esquina. Los jugadores suplentes del Junior levantan los brazos al cielo. Agradecen el nuevo título tiburón. Las familias de los jugadores del Junior están en la boca del túnel de la zona mixta listas para celebrar. Llega el centro de Cardona y aparece el MVP de la noche John Valoy para igualar las acciones. Aparecía el error del arquero Viera que no salió a cortar un centro al área chica, para determinar la justicia en el juego. Para extender a los penaltis la final y premiar a quien deseó jugar y no evitar jugar. El morocho corre hacia preferencia y hacia él va Bonilla. El arquero suplente que no tuvo mucha actividad en el semestre siente propio el título. ¿Acaso mayor identidad? Mientras se forma el morro humano verde y blanco, empañado por el buzo amarillo de Bonilla, llegan unos colores diferentes. Aparece una camisa blanca. ¿Quién es?, me pregunto, pero los abrazos en la cabina radial no me permiten ver la figura. Era Osorio quien corrió hasta la celebración y se tiró encima de todos, mostrándole al estadio la alegría incontenible de su felicidad.

Los penales

Llegaba por cuarta vez en la historia una definición por penaltis al verde, todas de local. 1999 fue triunfo con América. 2004 fue derrota con Junior. 2011 fue victoria ante Equidad. Los dos triunfos en Norte. La derrota en Sur. Era hora de equiparar la historia. Cobraron Valencia, Cardona, Bocanegra, todos con aciertos. Por junior anotaron Domínguez y Narváez y Armani le atajó a Viera y Vásquez. Comenzaba la lenta y eterna caminata de Bernal hacia el punto blanco, acompañado con la energía de un pueblo acostumbrado a las proezas. Match point. Nacional a un penal del título 14 de su historia. Cobra Bernal y…Jaque mate. El brillante volante verde corre a Sur. Allí llegan Ángel y Bocanegra que lo envuelven en sus brazos y le aprietan la cabeza contra sus pechos.

El frenesí y la exaltación popular se instalan en el Atanasio por undécima ocasión en la historia verde de los títulos de liga colombiana (los otros tres fueron en Cali 1973, Manizales 1976 y Bogotá 2013 I). El putt al hoyo de la gloria de Bernal había dado paso al descontrol. Los abrazos se ven por todos lados. Nadie habla con nadie, todo es con gritos. ¿Cómo hace uno para entenderse de esa forma? Y nos entendemos, que es lo mejor. No hay palabras, con solo gestos es suficiente. De la frustración al furor en pocos minutos. ¿Acaso no es producto del invento más exquisito de la raza humana? Baja la adrenalina. Llega la celebración. Bajo al gramado, miro a mi alrededor y luego de permitir escapar algunas lágrimas, entiendo el triplete.

Queda un equipo que llegó a rey. Quedan unos poetas geniales de una banda inmortal. Queda un tipo que trabajó de técnico sin saber que también fue orfebre. Queda un grupo de futbolistas que laburó sin saber que además eran carpinteros eternos de su gloria. Quedan unos amigos inseparables, de forma literal, que estarán siempre cerca, juntos y unidos, en las paredes del Club en sus murales. Queda el tricampeón para que toda Colombia lo contemple.

 

2015 II: QUINCE ESTRELLAS EN EL FIRMAMENTO

Atlético Nacional volvió a ser campeón en Colombia pero esta nueva vuelta olímpica trajo consigo un festejo aún mayor: por primera vez en 69 años de historia, el verde de Antioquia es el equipo más ganador del fútbol colombiano en cuanto a títulos ligueros se refiere, porque ya en la Era Osorio, sumadas todas las copas, ostentaba esa distinción. Repasemos la gloria Verdolaga.

                  Colocar el juego Atlético Nacional vs Atlético Junior bajo la gélida lupa analítica del insatisfecho explorador de perfecciones en que jornada tras jornada se convierte el incipiente redactor deportivo, equivaldría a encontrar datos o hechos que le quitarían a este fabuloso logro el valor de la consagración o el sabor de la conquista. De la conquista inédita para el cuadro Verdolaga porque es la primera vez que se convierte en el más grande por estrellas en Colombia en sus más de seis décadas de existencia.

La tarea compleja para quien escribe está en utilizar diccionario, lenguaje y libreta de apuntes en su máxima expresión, para intentar entrar en el corazón del lector y atraparlo con algo novedoso de otro título verde, luego de haber escrito ya la odisea de tantos títulos anteriores en ediciones pasadas que tanto coleccionan nuestros hinchas. Otra vez la tarea de reflejar un título, de escribir una estrella, de contar una historia tan repetitiva durante la última década. Con sensaciones tan similares, pero con detalles tan diferentes. Allí nos apoyaremos para teclear emociones que alteren los sentidos, bucear el mundo de las pieles erizadas y surfear las aguas de un planeta indescriptible desde lo deportivo y desde lo glorioso.

Que quede claro, entonces, que sabiendo lo espinoso y arduo de la faena a realizar, insistimos henchidos de nacionalismo en intervenir en la tarea de forma directa para dejar clara la sentencia de que pueden ser todas las vueltas olímpicas que quieran a su haber, repetitivas por demás, pero cada una trae consigo algo desconocido hasta entonces que invade nuestra alma de amor y romance sincero por nuestros signos representativos llamados colores, escudo, bandera y métodos.

Es por eso que estas letras, escritas apenas dos horas después de la final en el Atanasio Girardot ante el elenco barranquillero, para evitar olvidar detalle alguno, aún sienten la necesidad de repetir lo vivido en el estadio, ahora frente al frío teclado del computador, que palpita con las yemas de los dedos chispeando aún pletóricas de triunfo, aún calientes por la gloria, aún hirviendo de pasión, todavía atiborradas por la leyenda observada hace tan poco, pero para cuando ustedes lean, hace ya tanto.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Es complicado olvidarse de lo experimentado en la fantástica noche del 20 de diciembre. Es imposible no detenerse en la fenomenal noche de Franco Armani, curtido jugador Verdolaga que intuye como vidente a dónde irá el balón lanzado décimas de segundos antes por un jugador rival. Este profeta vaticinador de instantes encontró predestinada su grandeza en Bahía y San Pablo en Copa Sudamericana, pero también ante Junior por partida doble en compromisos de definición de títulos, dejando tan arriba su estela de gloria, que desde esa altura no se vislumbra la estatura del arquero que compitió con él en ambas finales, Sebastián Viera, porque ni siquiera le dejó las migajas de la torta grande.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Besado por Zeus, acariciado por Juno, mimado por Poseidón, coqueteado por Atenea, halagado por Afrodita y  galanteado por Artemisa, Jefferson Duque desde que llegó fue un dios verde del área contraria donde encontró su territorio y depredó a sus rivales, inmortalizándose con la perfecta mimetización de los colores y el césped que no le permitió a los contrincantes verlo ni de día ni de noche. Con 15 goles fue el Pichichi del semestre y dejó su última inspiración en aquél imborrable balón cruzado de Alcatraz que sentenció el paso a la final del fútbol colombiano en la noche de las copas y el tifo. Lejos del área Duque es un jugador como todos los demás, dentro de ella es una enciclopedia y conoce el manual del artillero.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Un menor de 20 años hacía arder la caldera del Atanasio Girardot a los 30 segundos de iniciado el juego, pasándole sin pasarle un bronceador al banco juniorista que dejó quemar y arder casi de inmediato, por un muchachito con tres meses en primera, la charla técnica de Alexis Mendoza, en cuestión de un simple click a la tecla que envía el mensaje de whatsap. Esa noche Marlos Moreno, en la edad de los cuentos, escuchó ovaciones, principalmente cuando en la vuelta olímpica todo un pueblo lo saludaba y le decía sin decirle nada que la pobreza, como el talento, no son propiedad de ningún país. Por eso el aplauso a ese descarado chiquilín que cada que agarró el balón en el semestre intentó desarticular el libreto preestablecido buscando su libertad sin renunciar a la fantasía, ofreciendo a la vista la ficticia aventura de lo irracional.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. El papá super Verdolaga abrazado en llanto con su hija y su esposa tras la estirada celestial de Armani, sin saber a ciencia cierta si exigirles las gracias por la declaración profunda del legado transferido, o solicitarles perdón eterno y perenne por enterrarlas literalmente en este indescriptible y fantástico mundo en que los involucrará siempre Nacional de nervios, ansiedad y vértigo.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Los colores metidos en el corazón, los abrazos repletos de emoción, las lágrimas que no pararon de caer por las mejillas rumbo al corazón. La garganta áspera, la saliva escondida detrás del paladar, los ojos llorosos que perdían visibilidad y nitidez. Las manos sudadas, los golpes en la espalda, los rostros de una enorme felicidad. Los papelitos al cielo, el coro que se repite cada vez más, el abrazo con los amigos y los desconocidos. La ansiedad de los penaltis, mirar o no mirar, la inaudita forma de acelerarse el músculo más importante por un simple remate de once metros.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. El infinito alarido de campeón producido nuevamente por un arquero y no por un delantero. Por tercera vez en la historia la última jugada del campeonato para un título verde era de nuestro guardameta, dos de ellas de Armani. 44 mil almas enfervorizadas por la carrera loca del 34 (ARMANI IRR34L) que es perseguido por todos. La montaña humana que se detiene al frente de oriental y enmarca nuevamente la gloria. El grito que sale inmediatamente desde el alma, con todos mis amigos que no estuvieron en el estadio gritando en mi voz, porque los representé uno a uno como un hincha más.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Atlético Nacional ese partido, lo jugó sin puntos flojos. El equipo que se había insinuado en el recorrido, encontraba en la meta el destino para el que lo habían dibujado. No era un partido por los puntos, era un cotejo por un final más allá del entendimiento. La trascendencia de la consagración acepta sumar las palabras elogio y reconocimiento a quienes abonaron el camino para la conquista del éxito. Es por esto que parte fundamental de la epopeya está en quienes diseñan, tanto como en quienes ejecutan: Junta Directiva, Presidencia, Gerencia Deportiva, Comité Técnico…

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. El fervor que se vio en la cancha para la lucha que nos cotiza nuevamente en el mercado internacional, fue amplio. Vimos temperamento, carácter, personalidad. Jamás displicencia ni soberbia. Por eso la intensa alegría que nos envolvió en abrazos y lágrimas. Pero basta ya. Echemos al carajo toda la frialdad objetiva que nos impone nuestra función periodística y estampemos en estas líneas dos palabras inmortales: GRACIAS NACIONAL. Por convertirse en ese rey que no tolera que lo dominen los súbditos. Por habernos dado esta felicidad que soñábamos hace décadas desde que otro equipo, de otro color, de otra ciudad y del mismo país se hacía llamar “El más veces campeón”, fraterno adversario de nuestra divisa color montaña, que nos acaba de brindar el sabor de sentirnos en lo más alto de la tabla histórica de estrellas por primera vez en nuestras vidas. Gracias Nacional, viejo pariente de la gloria deportiva, heredero de leyenda, portador del virus del todo se puede, romántico equipo que muestra el camino y señala el sendero, hijo patentado y registrado en la notaría del fútbol por la señora LEYENDA y el señor CAMPEÓN.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Gracias NACIONAL. Gracias por haber hecho realidad un sueño que parecía hace tres décadas inalcanzable. Gracias NACIONAL, hermanito de la legendaria formación del 54 que inauguró la implacable secuela de títulos con una gesta victoriosa que siempre será recordada como el bautismo en logros del equipo más ganador del fútbol de Colombia. Estos artífices contemporáneos de una campaña record (mayor cantidad de goles a favor, menor cantidad de goles en contra, mayor cantidad de puntos, goleador del torneo, ni una roja en el campeonato), sustentada en una revolución futbolística del profesor Reinaldo Rueda, tuvo una riqueza superior: inmensamente millonarios en coraje, fervor y hombría. De Paternóster a Rueda. De Mejía a Armani, de Miotti a Henríquez, de Zazzini a Torres, de Turrón a Duque, de Mosquera a Moreno, de Gianastasio a Mejía. ¡Qué fantástica combinación de nombres ilustres! ¡Y en solo dos títulos! El primero y el último.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Gracias Reinaldo y cuerpo técnico. Gracias muchachos. Ahora somos depositarios del honor de ser los más vencedores de la historia, lo que nunca habíamos sido, gracias por traernos esta hazaña deportiva a nuestros corazones. Gracias por darnos este orgullo que da fe y crea designios de esperanza. Esa que ustedes transmitieron desde la ENORME calidad de Henríquez hasta la inmensa modestia de Chará. Desde el toque inspirado de Macnelly hasta la valentía de Mejía. Desde la capacidad goleadora de Duque hasta la serenidad que transmite Armani. Gracias NACIONAL.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Vale la pena además mencionar que en el juego que coronó la leyenda, el verde siempre lo tuvo todo a favor, siempre con la pelota, siempre dominador, siempre jugando. Y la fortuna que sonrió inmediatamente gracias al tanto de Moreno que empató el juego largo apenas a los 30 segundos del segundo juego corto. A pesar de tantos nervios y tanta fricción, siempre se impusieron los deseos del verde de intentar ganar el compromiso sin necesidad del punto blanco. La imprecisión dictaba una sentencia: había muchas cosas en juego.  Pero eso sí, un equipo superior. De principio a fin. Mejor plantado sobre el campo. Con mayor mando sobre la pelota, con mejores recursos para conseguirla y administrarla. Con mayor firmeza en la marca y mejores destinos en creación. En síntesis, con mayor creatividad.

Nunca tan grandes. No es fácil apartarse de tanta emoción. Tras la gesta consumada, comenzaba la coreografía más repetida del fútbol colombiano en su historia con el verde campeón. Una ópera sin igual de pleitesía por el nuevo título ofrecido. Lo que a Millonarios le costó 6 décadas construir, al verde le demoró muy poco en pulverizar. Somos únicos, por eso a algunos otros les toca ser diferentes. La gloria, dama efímera y huidiza, nos volvía a guiñar un ojo y nos indicaba que por ahora sigue radicada en la Medellín que sabe triunfar. Se viene dejando un mensaje adecuado en el mundo del fútbol colombiano para todos los rivales: cuando juegas contra Atlético Nacional, Atlético Nacional no coopera. Llevar la sentencia al plano internacional es el deber hoy. Para que en el continente sientan lo que deben sentir los demás equipos en Colombia: esa extraña comezón que no puedes rascar. El estadio estaba vacío, la gente lo había dejado para ahora llenar parques, bares y discotecas. Mientras tanto Franco Armani, quien había hecho esa noche tanto por Atlético Nacional, al finalizar todo, además, apagó la luz del estadio.

 

2017 I: EN LA CUMBRE DE COLOMBIA

Rueda y sus dirigidos conquistaron el título de Colombia, clasificaron a la Libertadores y escalaron a otro nivel en la consideración popular.

Un método de juego que ha marcado una época y fue ejemplo de fútbol total. Eso distinguió al Atlético Nacional de Reinaldo Rueda en dos años al frente del equipo. Porque impuso su sello, porque entregó trabajo y estética, sin imitar nada, sin parecerse a ningún otro. Como suele suceder con los grandes campeones, hacen olvidar un poco a los que lo fueron antes. Carácter, disciplina, coraje, sacrificio, entrega total, fueron algunas de las características que sobresalieron en esa escuadra histórica del dominio completo a nivel local e internacional.

La campaña de Atlético Nacional campeón del primer semestre de 2017 estuvo adornada por números de leyenda, cabalgata de principio a fin y augurios del final soñado. El equipo de Reinaldo había forjado su identidad y se hizo conocido en el continente y temido en Colombia. 49 puntos en la fase regular fue un registro que superó su propia marca de 2015 II de 45 unidades. Encima sumarle otras 13 más en llaves de eliminación directa, hizo que por primera vez en la historia, un cuadro sumara más de 60 puntos en un torneo corto (62), casi lo que se requiere en un año para clasificar a una copa internacional vía Reclasificación.

La idea de equipo como bloque, con la realización de los entrenamientos mayoritariamente con pelota, un temperamento ganador y una convicción difícil de conseguir, herramientas tan mencionados en el fútbol moderno, fueron premisas obligatorias de este histórico Atlético Nacional. Todos estos adornos a la capacidad futbolística de los jugadores de Atlético Nacional hicieron posible que el cuadro nacionalista se tratara de un equipo que triunfaba más abultadamente en el juego que en el marcador. El ciclo Rueda pasó por muchas etapas, pero necesitó de la conquista de la Copa Libertadores de América para conseguir la aceptación total. Además tenía un equipo concientizado de su potencial de poder dominar a placer la Liga y que terminó provocando el desborde ruidoso del entusiasmo popular y la algarabía de las calles. Gracias a un gran director técnico y a un cuadro de película, los hinchas pudieron festejar todas sus alegrías que habían soñado antes en sus almohadas. Seis títulos en dos años se cerraban con la consecución de la estrella 16 de la historia.

Hace unos años la Organización Ardila Lülle y Postobón, con la Junta Directiva de Atlético Nacional, encontraron un inmejorable camino hacia la supremacía en Colombia y de tanto buscar la metodología pudieron establecer la diferencia deportiva. Hoy la inyección económica que se brinda al Club se nota y se aprovecha en términos de consecución de logros. El cuadro verde encontró un dueño absoluto de su nombre que además se erigió en la vedette capaz de financiar cualquier campaña. Los números avalan la adquisición: antes de Postobón en 50 años, el verde consiguió 8 títulos. Con la firma gaseosa metida de lleno en su manejo, el nacionalismo disfrutó en dos décadas de 20 títulos, a razón de uno por año.

Pero regresemos al fútbol porque Atlético Nacional, que había cabalgado el Todos Contra Todos, llegaba a los cuartos de final del torneo patrio a enfrentar a Jaguares de Córdoba a partidos de ida y vuelta. Ya no interesaba lo que se había sumado, ahora eran 180 minutos a jugarse en Montería y Medellín que tenían como única ventaja por la impresionante campaña el hecho de cerrar de local. Para cualquier equipo en Colombia, nada anormal ni diferente, pero para Atlético Nacional, una ventaja inimaginable por el poder de su afición y lo que es capaz de generar la masa verde en la motivación a su equipo y el temor al contrario. 3-1 en Montería y 3-2 en el Atanasio le daban a Nacional su cuarta semifinal consecutiva en Colombia. Pero había situaciones para corregir, por ejemplo, en 19,5 partidos a Nacional le habían anotado 5 goles y en los últimos 2,5 le entraron 7 (4 de Dim en un tiempo en el clásico de la fecha 20, y 3 de Jaguares en dos juegos). Parecía un Atlético Nacional en declive, o curva descendente, o disminución de nivel.

Las instancias previas a la gran final del torneo patrio gozaron de la presencia de los 4 equipos con más ligas ganadas en nuestro país en la historia. Atlético Nacional 15 y Millonarios 14 por un lado sentenciarían a un finalista, mientras que por el otro costado se verían las caras América con 13 y Cali con 10 en el duelo vallecaucano. Las mejores semifinales de la historia de Colombia. Otra vez una llave de dos partidos ante el elenco Embajador, como en siete ocasiones anteriores, entusiasmaban a la afición, aunque no dejaba de preocupar ese último partido ante Jaguares en el Atanasio Girardot, teatro inexpugnable de Nacional y sus hinchas.

La ida en Bogotá careció de emotividad. Salvo dos opciones de Nacional, una en el palo de Bocanegra, y tres de Millonarios con una doble atajada de Franco Armani, el partido fue irregular y para Atlético Nacional todo servía para dos situaciones fundamentales: conseguir nuevamente su arco en cero para regresar a tiempos de tranquilidades defensivas, y permitir que todo se cerrara en su casa, hogar de sus principales conquistas. La vuelta fue más emotiva, porque ya en esas circunstancias no hay mañana para un equipo y eso de por sí genera dramatismo y nervios. Pocas ideas en medio de la imposibilidad de jugar y algunos remates de larga distancia de Millonarios para que se luciera Franco Armani. El elenco capitalino en 180 minutos de juego no entró al área verde con peligro de gol. Para Nacional tampoco hubo muchas ocasiones de anotar, pero la que tuvo la envió adentro y Dayro Moreno, tras recibir del palo un cabezazo de Rodin Quiñones, al minuto 91 enviaba a Nacional a la final 12 de la historia de los torneos cortos. La clasificación se recibía como el premio merecido por una campaña endemoniada que ajustaba ya 59 puntos en el recorrido del semestre.

Por el lado del clásico vallecaucano había pasado Deportivo Cali a la gran final colombiana y entonces Atlético Nacional tendría que enfrentar al elenco Azucarero a partidos en Palmaseca primero y en el Atanasio Girardot después. En la previa del compromiso en Palmaseca, los medios de comunicación deportivos llenaban su información con los enfrentamientos directos entre Nacional y Cali, que como con Millonarios para el verde paisa, no son pocos: La historia ante Cali en llaves mata-mata dicta que había 8 enfrentamientos con saldo positivo para los antioqueños que habían ganado 6 llaves y perdido solo 2.

Ya en el estadio de Palmaseca la situación fue a otro precio y estuvo completamente en contra del equipo de Reinaldo Rueda que nunca se sintió cómodo ni con la cancha, ni con la posesión, ni con los despliegues, ni con los repliegues. En la ida nada le funcionó bien a Atlético Nacional. En Cali el cuadro antioqueño naufragó por el peor partido del semestre y encajó un 0-2 en contra que pudo ser más abultado y tener peores consecuencias, de no mediar un par de intervenciones del estelar golero argentino Franco Armani, héroe indiscutido de esta camiseta y de estos colores. Cali en su casa pisó la culebra en la cola y no en la cabeza. La dejó viva para la vuelta. Y allí, apoyado en el fervor y la pasión de su afición, es a otro precio completamente diferente. Ningún hincha de Atlético Nacional pensó que no era posible remontar el 0-2 de Cali. Es más, todos estaban confiados e impulsaron tanto a su equipo que comienza a ser más que verdadero, el dicho de sus propios aficionados: “la hinchada que gana campeonatos”.

La afición de Nacional motiva y orienta a sus jugadores, pero además amedrenta al rival. Y Cali al Atanasio Girardot entró disminuido, no solo por la ausencia de Benedetti y Orejuela, sino porque psicológicamente la multitud Verdolaga hizo su tarea en el preámbulo del partido. Ambiente ensordecedor, algarabía total, credibilidad absoluta, acompañamiento espectacular y fe ilimitada. Cali desde los himnos, iba perdiendo el partido que creía desde su ciudad que podía ganar.

Para cuando comenzó el juego el empuje era tal que no importó que el verde perdiera una ficha clave de la década: Farid Díaz. Por él ingresó un envalentonado Edwin Velasco, que se creía Roberto Carlos por el aliento de su afición. Nacional apretaba y ahogaba al Cali y se sentía que la intensidad iba en contra de la precisión y la pausa de los caleños que no podían siquiera aguantar la pelota. Ibargüen, que se encargó de sacar a bailar a Castrillón toda la noche, invitaba por primera vez al canterano del Cali a encontrarse juntos en medio de la escena, lo dribló fácilmente, se inventó una jugada por izquierda, habilitó a Macnelly Torres y el cerebro de potente derechazo puso el 1-0 al minuto 6. Encima al minuto 15 llegó el tanto de guapo de Mateus Uribe que recuperó en el suelo una pelota y se paró inmediatamente para recibir el centro de Rodin para desde unos 20 metros vencer la resistencia del portero vallecaucano. Serie igualada en 15 minutos.

Ya con el empate en el global en el bolsillo, el verde se acordó de sus últimos 6 juegos y una mala defensa de una pelota detenida posibilitó el descuento del Cali en el partido corto, y la ventaja en el largo. No importaba, había por delante 70 minutos de juego. Corner de Macnelly que los sobra a todos y fuera de la esquina izquierda del área caleña apareció un Andrés Ibargüen enceguecido de pelota y de gol, tomó la bola de volea con zurda y la puso en el palo y ángulo más lejano de Mina que por tercera vez en 40 minutos veía caer su arco. Nuevamente el juego largo empatado, esta vez 3-3, y nuevamente penales en el pensamiento general. Pero faltaban 50 minutos.

Cuando el reloj marcaba los 70 minutos de juego apareció el penal a Dayro Moreno que el propio delantero se encargó de convertir para el delirio en las graderías. 4-1 el juego corto, 4-3 el largo, entonces otro fantasma se paseaba por el Atanasio: el de Junior 2004. Pero para disipar cualquier temor, Rodin Quiñones inmediatamente sentenció el juego con el 5-1 parcial y 5-3 global que cerró el juego por completo. Ya no hubo más fútbol. Todo se sintetizó en las lágrimas de triple R que le pusieron un tinte dramático al asunto. Lo que no se había notado en el juego de ida en Cali si se expuso claramente en el duelo del Atanasio Girardot: 22 puntos entre cada uno de los finalistas en la tabla.

Llegaba para este escritor de todos estos títulos, otro desafío: volver a vivir con el teclado la fantasía de otra conquista más. ¿De dónde extraer más ideas para relatar en letras una nueva vuelta olímpica verde? Quizás recostándonos en nombres nuevos que pertenecen a un camino viejo de grandeza. De pronto marchando por la luz de una Institución que permitió salir de la oscuridad a un puñado de jugadores, alumbrados por la sabiduría de Reinaldo. O también por el impresionante verano que significa para la hinchada de Atlético Nacional el final de cada torneo que disputa y que generalmente para los demás es crudo invierno.

Triple R trajo su sexta corona en 2 años a las vitrinas nacionalistas y muchos le agradecieron por traerle este nuevo trofeo a un pueblo que requiere de estas inyecciones de júbilo. Gracias a colocar a un equipo mejor plantado en la cancha, con mayor tenencia de pelota, y con mejores recursos para circularla y administrarla, Nacional dejó pasar el tiempo y consolidó su vuelta 16 de la historia. Quizás su inteligencia se basa en entender que el camino más corto hacia el arco contrario no es el recto, pero también a que cuenta con hombres capaces de competir siempre en el mejor nivel. Por esa razón afianza el poder de su tradición. Porque cuenta con futbolistas que llevan en sus corazones la llama encendida de la ambición deportiva.

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¿HASTA QUÉ INSTANCIA LLEGARÁ NACIONAL EN LA LIGA ÁGUILA?

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