agosto 6 / 2018

EL VIAJE DE MARULANDA

Autor: Comunicaciones Atlético Nacional

Fue un hombre de pocos goles, cinco o seis, no lo recuerda bien. Pero un autogol suyo lo marcó para siempre como futbolista, aunque hoy lo toma como un chiste en su momento fue doloroso. Fue defensa central y se cansó de ganar títulos con Atlético Nacional, como jugador y como directivo. Víctor Marulanda decidió hacer un alto en el camino para emprender una aventura académica ligada al balón, ese mismo que le ha dado sus mayores alegrías y unas tantas tristezas.
 
La noticia tomó a todos por sorpresa. –Quería manejar un perfil bajo, que nadie se diera cuenta- dijo esa mañana de viernes al entrar como todos los días a la sede administrativa del club. – ¿Tu salida con bajo perfil? ¿Estás loco?- le refutaron en el equipo de comunicaciones. Sonrió con pena, quizá la única de las pocas veces que la sintió, porque la timidez no hace parte de su esencia. Siempre, a pesar de los días difíciles o las derrotas, saludaba a todos los empleados y se le escapaba un “¡upaaaaa!”, cuando algo le gustaba o llamaba la atención.
 
La conversación estaba pensada para hablar sobre su morral, ese que no suelta y lo acompaña todo el día. Siempre generó curiosidad el contenido de esa maleta viajera que siempre rodaba por las sedes de Itagüí y de Guarne, aunque no llegara ni fuera a salir hacia el aeropuerto. Era la comodidad de los rodachines, era su estilo, marcar la diferencia, tal y como lo hizo durante su juventud cuando partía su tiempo entre los entrenamientos y el estudio de ingeniería industrial.
 
Sin embargo la mención de una anécdota cambió el rumbo de la entrevista. Era el 23 de agosto de 1995 y el estadio Arená Condá de Porto Alegre recibía la primera final de la Copa Libertadores. El Gremio de Jardel y Pablo Núnez recibía al Verdolaga de Higuita y Aristizabal. Él, con el número 19 en su espalda, hacía parte de la defensa que aguantaba los ataques brasileños; el “loco”, salía figura del estadio donde no se escuchaba nada, ni los gritos desesperados del profe Juan José Peláez que trataban de poner orden en medio del caos.
 
En una de esas arremetidas, el mono Nunez mandó un centro al área y en el intento por despejarla, Marulanda dejó quieto a Higuita y la clavó en el ángulo. Autogol, o como él lo dice ahora, un autogolazo. René tomó el balón, lo sacó del arco y animó a su compañero: “¡Vamos, vamos!”, le gritó a “Marulo”, quien caminó hacia el centro con la mirada clavada al piso y un frío que invadió su cuerpo; no solo era un gol en contra en la final de la Libertadores, era el recuerdo reciente de un autogol en el Mundial que acaba de pasar y la muerte de uno de sus mejores amigos por cuenta de la intolerancia en una ciudad que la padecía.
 
El partido terminó 3 a 1 en contra, pero su calvario apenas iniciaba. Recibió varias llamadas de amenazas, por lo que él y su familia cambiaron su itinerario y de casa. “Ha sido uno de los capítulos más duros y tristes de mi vida como futbolista”, sentenció el exjugador que se cansó de ganar títulos con Nacional. Hizo parte de la nómina del campeón de la primera Libertadores en 1989 cuando era apenas un chico de 18 años que veía desde lejos a los más grandes del equipo. Levantó las copas del torneo local de 1991, 1994 y 1999, así como la Copa Merconorte de 1998.
 
Cuando colgó los guayos, se puso el saco y la corbata. Apoyó en temas logísticos al equipo profesional y luego se convirtió en Gerente Deportivo en el 2000 hasta 2006, año en el que fue nombrado como presidente hasta 2009 para regresar a la gerencia deportiva como responsable de las transferencias de los jugadores. En este tramo de su carrera, levantó los títulos del bicampeonato del 2005 y 2007, el tricampeonato con el profesor Osorio, la Liga de 2017 y la Copa Libertadores de 2016.
 
Pero no todo fue alegría. Mientras atendía una avalancha de llamadas preguntando si la noticia era o no cierta, recordaba los golpes que sufrió por cuenta de la pelota. Aquella derrota con Gremio, pero también las copas Suramericanas con River Plate y San Lorenzo, así como los títulos locales contra Junior y Tolima, lo marcaron para siempre.
 
“Fueron momentos muy duros, los camerinos se convertían en cementerios, pero de todos aprendimos algo. La derrota contra River nos impulsó y enseñó todo para luego ganar la Libertadores. Pero nadie se imagina lo que se vive al interior de un equipo cuando se pierde una final”, confesó.
 
El fútbol también le dejó muchos y grandes amigos, al punto que tratar de mencionarlos cometería una injusticia con aquel que no recordara en su largo camino. Destaca a Juan José Pelaéz, al profe Francisco Maturana y  Hernán Gómez, en su formación como persona, como futbolista y en la alta competencia. También recuerda, desde la dirigencia, a Juan Carlos Osorio y Reinaldo Rueda.
 
Tal vez por eso puso la amistad por encima del fútbol o por lo menos intentó crear vínculos de amigos entre jugadores, cuerpo técnico y el personal administrativo, el mismo que corría a esa hora para darle las gracias y despedirlo antes de su viaje. Los recuerdos no lo quebraron, aunque respiraba profundo y se inclinaba en su silla para hacerle el quite a la nostalgia y al sueño, porque llevaba tres noches sin dormir, pensando en cuál era la mejor decisión para su vida.
 
Al final de la conversación por fin accedió a mostrar el interior de su maleta: Una agenda, cuatro libros de fútbol, marketing y superación personal, el cargador de su celular y una carpeta de la FIFA a donde se va ir a estudiar, porque extraña la academia. Mientras vuelve a empacarlo todo, asegura que ahora podrá devolverle todo el tiempo a su familia que el deporte le quitó entre viaje, concentración y juntas directivas; así como la tranquilidad que perdió en ocasiones cuando lo criticaban en redes sociales, aunque hizo caso omiso a esos insultos.
 
Bajó al primer piso a donde lo esperaban todos. El presidente, los demás gerentes, su equipo de trabajo, las secretarias y el resto de empleados del Club. Allí, como si aún jugara, también esquivó la tristeza y entre broma y broma, le pidió a las mujeres que le dijeran lo que pensaban. Recibió la camiseta 31 firmada por todos y de nuevo contuvo la respiración aunque su mirada en ocasiones se perdía. Recibió el aplauso y el abrazo de todos, antes de una foto uno a uno.
 
Subió por última vez a su oficina, atendió su última entrevista. Luego tomó su maleta y esta vez cargada con 31 años de recuerdos, experiencias y títulos. Víctor Marulanda caminó e hizo rodar esa maleta por última vez, antes de emprender, ahora sí, ese viaje que había aplazado por lo que más le gusta hacer: el fútbol.
¡Gracias Víctor!

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