julio 11 / 2017

MIGUEL ÁNGEL BORJA

Moreno, alto, delgado, veloz, intuitivo, olfateador, de figura atrayente, flexible, ambidiestro, con capacidad de usar su cuerpo para perfilar su disparo. El futbolista que describo en solamente cuatro partidos jugados ¡¡¡4 PARTIDOS!!!, se metió en la historia gigante de Atlético Nacional: de los 70 de este libro, fue el jugador que logró tal hazaña en el menor tiempo posible. Gracias principalmente a que sacó ventaja con su control dirigido y pateando con ambas piernas. Desde sus primeros 180 minutos de juego ya estaba en la consideración pública: 4 goles a San Pablo, dos en Morumbí y dos en el Atanasio. Registro absoluto de tiempo de llegada al corazón del hincha en solo un encuentro deportivo: pasó el partido en San Pablo y cuando llegó a la ciudad ya era hombre para estatua, luego redondeó con 4 goles en una semifinal, algo que solamente habían logrado “El Palomo Uzuriaga”, también con el verde, y un tal Pelé. Y de postre, el tanto del título. Por favor…

La finalización de las dos jugadas en Morumbí fue perfecta, una con cada pierna. Toque sutil de derecha a un costado el primero, remate potente de zurda que dobló la resistencia del arquero el segundo. Desde que se aterrizó en San Pablo para la semifinal, dijeron los zagueros brasileros que lo tenían referenciado: MENTIRAS. Solo lo pudieron ver celebrando. Porque provocó el desconcierto de quienes tenían la misión de ponerle obstáculos y sin perder su serenidad facturó a placer para traer confianza al Atanasio Girardot a un pueblo que antes de verlo siquiera un minuto en su estadio, ya lo había elevado a la condición de héroe.

Más de la mitad de sus goles no pertenecen a la categoría standard sino que llevan su sello de agilidad, maestría, astucia y sus embestidas cargaron siempre con poesía la jugada para rematarla con un verso impecable de grito sagrado. Así construyó su ingreso al olimpo Verdolaga. Acompañó, se juntó, buscó el espacio, recibió de Macnelly Torres y definió con la serenidad con que lo hacen los que fueron señalados por el destino.

De repente, el silencio. Total, absoluto, casi sepulcral. De repente, 60 mil personas enmudecidas, petrificadas. De repente, el gigante llamado Morumbí caído y el pequeño retador en la gloria de los abrazos, confundido en medio de un puñado de hinchas que vieron lo increíble: 90 minutos de juego para convertirse en ídolo nacional. En el fondo, bien en el fondo, un leve murmullo que pronto se convertiría en el único y ensordecedor alarido de la noche. Pero solamente después del zurdazo de Borja para el segundo, potente, bajo y, desde entonces, histórico, las suyas fueron las únicas voces que resonaron en un Morumbí que, incrédulo, observaba cómo esos gladiadores vestidos de verde y blanco, a los que no pocos habían subestimado, les arrebataban de las manos otra vez una final continental.

No le importó que sus defensores fueran más altos o más fuertes, su fe los dejó siempre atrás. Los de Independiente del Valle aún lo lloran, los de San Pablo todavía lo buscan. Da gusto a la visual y además satisface porque hace los goles que se necesitan, entonces ofrece un combo seductor de juego y sentencia, con anotaciones fulminantes como la que emparejó el partido ante San Pablo en Medellín y evitó el sufrimiento extendido por empezar perdiendo ese juego de vuelta de la semifinal copera. Hizo fácil lo difícil y definió con una acción impecable y un zurdazo celestial. Después, incontenible a la hora de patear el penal.

La ventaja de Borja es que con sus remates obliga al guardavallas contrario al esfuerzo supremo o a la frustración de buscarla en el fondo de la red. Es la versión moderna de la pesadilla de entrenadores de arqueros rivales, del desasosiego de cancerberos contrarios, de la incertidumbre de cerrojos defensivos que se paran al frente sabiendo que llega o arremeterá esa tarde un señor de Nombre Miguel y de apellido Gol. Casi siempre auténtico, único, fulminante y con un cálculo exacto de tiempo y distancia para emprenderla contra una pelota que tiene su destino programado: elevar la temperatura en la gradería. Borja fue el impulso final que necesitaba el verde para renovar las aspiraciones. Siempre una mente iluminada que era capaz de digitar los tiempos de juego. Le fluía ese rol con naturalidad en los momentos determinantes de los partidos. Y todos felices porque a Nacional ha llegado el hombre que permaneció un rato histórico en el centro de la escena y su luz aún no se ha podido apagar.

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