julio 11 / 2017

GILDARDO GÓMEZ

Se trataba Gildardo Gómez de un lateral completísimo, con mayor perfección en la fase defensiva que en la ofensiva, aunque cuando marchaba al frente se defendía con criterio, capacidad y asociación. Defendiendo era un pulpo, apretaba a sus atacantes con ambas piernas y ambas manos, los sujetaba, los los molía, los fastidiaba, les quitaba la pelota, les entorpecía siempre la maniobra, nunca los dejó pensar. Pasando la raya del mediocampo, tenía varias facetas como hacer la diagonal y descargar en quienes tenían mayor capacidad de lastimar al rival o inclusive llegaba hasta el fondo ganando en la individual.

Factor fundamental del equilibrio y el orden de los equipos de Francisco Maturana, y eso que actuaba por un costado, su fuerte era la concentración, inclusive jugando en la posición de volante central o cabeza de área por su manejo de pelota y su asfixiante pressing. Sin vacilaciones actuó siempre Gómez en Atlético Nacional dándole persistentemente al verde la posibilidad de tener una vez más la pelota. Era tanta su potencia defensiva, y tan perfecto su desdoblamiento en ambas direcciones, que cuando perdía la pelota o cuando la recuperaba, los rivales perdían inmediatamente puestos de vanguardia con su presencia.

Uno de los mayores símbolos del atrevimiento colectivo desde la ocupación de los espacios del Atlético Nacional continental de aquellos años 80 y 90, dejó su sudor impregnado no solo en las casacas verdolagas que vistió, sino también en la memoria popular que exige hoy en día voluntades similares en procura de la solidaridad y bravura en los esmeros colectivos. Su entrega es una bandera al coraje.

Atlético Nacional, el equipo de los Puros Criollos que enamoró a la ciudad, el departamento y el país en 1987, tuvo con la llegada en 1988 de Gildardo Gómez, Leonel Álvarez y Luis Carlos Perea, el sello que lo potenció además al continente. Sin ellos, el cuadro nacionalista se trataba de un equipo espectacular en juego, con ausencia de jerarquía y control. Con el arribo del triplete fantástico, no solo jerarquizó su sistema posterior, sino que obtuvo desde ese preciso momento la credibilidad y confiabilidad necesaria para arriesgarse a ir por más.

Justo allí, comenzamos a comprender que detrás de ese semblante de escuadra simple y sin enigmas, tan espesa en su telaraña de pases cortos y anunciados, dando la impresión de moverse siempre en el mismo ritmo, en el verde había algo más. Algo superior. Algo fantástico. Eso que nos explica por qué pasaron a la historia con el triunfo rotundo del fútbol que nos gusta a todos. Era un equipo con autoridad, además porque desde atrás, por ambos costados, actuaba con igual determinación y eficiencia por derecha o por izquierda, uno de los mejores laterales de la historia de Colombia, mundialista en 1990. El hombre que era capaz de remolcar el peso de la locomotora, como esos tractores que empujan a los aviones para llevarlos hasta la pista.

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