julio 11 / 2017

EDWIN CARDONA

Desde su aparición pública en diversos seleccionados departamentales y nacionales en las categorías sub 15 y sub 17, mostró toda su capacidad. El Barrio Antioquia lo había pulido para que fuera un certero anzuelo de seducción de masas, fabricado con la capacidad que solamente el Valle de Aburrá puede producir. Clarito para manejar los ataques, fino para definir. Aparece y liquida con contundencia, ya sea con el sablazo de fuera del área o con un tierno abrazo dentro de ella.

Para Cardona siempre ha sido fácil encontrar el delicado equilibrio entre la cautela y la audacia, la aceleración y la pausa, la tempestad y la calma. Por eso se le hizo fácil en su carrera lastimar cuando parte con la determinación de los que ya superan las presiones. Nacional con Cardona como símbolo del equipo, siempre peleó arriba en la tabla. Porque poco a poco se convirtió en el estilo, la personalidad, la forma de afrontar cada partido. Él representó, en definitiva, el fútbol de eficacia. Cuidaba el balón por encima de todo y le dio importancia a la posesión del balón y al dominio del partido, para buscar el resultado. Su técnica, su clase y su efectividad en los últimos 30 metros de la cancha, se lo exigían.

En Atlético Nacional confeccionó algunas de las iconografías más famosas del nacionalismo de la última década. Representaciones que se han convertido, con el paso del tiempo, en estampas culturales de nuestra historia. Son imágenes populares, fácilmente reconocibles, reproducidas e, incluso, con intentos de ser parodiadas. Las más famosas son los tiros libres a Cali en el Pascual, a Millonarios en Bogotá, a Itagüí en la sede, a Envigado en el Polideportivo Sur, los goles a Newell´s de Argentina y Nacional de Uruguay por Libertadores y a La Guaira, a General Díaz y César Vallejo por Sudamericana. Pero también entran en el túnel del recuerdo su tanto y su pasegol a América en Cali, el hermoso gol de taquito a Medellín y sus festejos ante Junior, Huila, Chicó, Cortuluá, Itagüí, Envigado y Santa Fe. Caben además los dos centros de la final ante Junior 2014 que llevaron al verde a los penales y a la estrella 14 y hasta su excelente pasegol con borde externo a Jefferson Duque en Belo Horizonte para eliminar al Mineiro de Ronaldinho.

Su temperamento lo hizo cometer errores, como las expulsiones tontas en Rosario y Luque (las más recordadas). Pero tuvo el valor espiritual de encontrar en esas sanciones, el incentivo perfecto para motorizar su reacción. Tanto la de aquel jovencito con rostro de niño preadolescente, que usaba la camiseta 23 y por el cual la tribuna le exigía titularidad al técnico Ramón Cabrero, como la del hombre que regresó más maduro al equipo del profesor Juan Carlos Osorio, anotando gol en un clásico y anunciando su capacidad con un hecho que sintetiza su crecimiento mental: exigió usar la casaca número 10.

El niño que regresaba a casa cuando ya la cena se había enfriado, estaba convertido por culpa de esa pelota que le retardaba su alimentación en un hombre con una personalidad a prueba de balas. Con un temperamento propio de quienes señalan su destino. Con un carácter innato tal, que casi solo se forjó su futuro. Y con una influencia tal en sus compañeros que sus ideas de jugar al ataque se propagaron, convirtiéndose en emblema del ataque verde y liderando una etapa brillante del club que se quedó a las puertas de otro título internacional, perdiendo la Copa Sudamericana con River. Su segunda etapa en Nacional lo terminó por transformar de un hombre con futuro, a un futbolista que irrumpía de forma sonora en el mundo de los fantásticos.

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