febrero 8 / 2011

DAVID OSPINA

El Gran David es el arquero colombiano más joven en la historia en gritar campeón. Lo hizo con 19 años, 9 meses y 17 días. También es el arquero colombiano más joven en la historia en gritar bicampeón, lo concibió tan solo seis meses después. Tan joven y ya en la cresta de la ola. Y saber que esos logros los coronó vestido de verde y blanco, lo inmortalizan para siempre en el arco de Atlético Nacional. Pero ojo, Ospina ganó siendo figura. Tuvo atajadas descomunales ante Huila en Medellín cuando los opitas amenazaron con llevar la serie final del primer semestre de 2007 a los penales, y también ante Equidad que quería descontar la ventaja establecida en el marcador por un Nacional superior.

Ospina era importante en  las pelotas aéreas que llovían en el área nacionalista, aunque le quisieron criticar ese rol que cumplió a cabalidad. Debutó en 2006 y por dos años consecutivos el hincha verde durmió tranquilo. Una vez se confirmó en la titular del arco nacionalista, llegó su crecimiento continuo: cada vez más líder, mejor en los saques largos, crecimiento paulatino de su convicción y ostensible mejoría en los reflejos. Es el peso de ser arquero y/o jugador de Atlético Nacional. Antes de ser indiscutido, llueven piedras desde todos los departamentos. Una vez se erige en figura del país, nadie puede contener los adjetivos calificativos.

El arquero que llegaba sin pergaminos, poco a poco con su discurso, su trabajo y su obra, terminó por inspirar a todos los demás compañeros, mientras que en la gradería también todos entonaron al unísono el himno de la esperanza tras dos años de una gran infertilidad en el nacionalismo. Ospina regresaba los deseables efectos colaterales que significan la presencia en el arco de alguien que basa su función en entregar tranquilidad, justificada a razón del crecimiento de la afición y del crecimiento de la imagen del Club con su presencia en el arco. Desde el comienzo Ospina se mostró seguro arriba y abajo, jugó bien con los pies y demostró ser un arquero de reacciones felinas. Su imagen, casi de forma inmediata, pasó el umbral del recuerdo.

Siendo un niño se distinguió entre una generación de consolidados como Aristizábal, Hurtado, Patiño, Ramírez, Mendoza, Amaya, Zúñiga, Galván y Chará y demostró estatrura para estar allí entre los grandes. A pesar de su edad, nadie le solicitó más credenciales a David para integrarlo a esa élite. No importaba que, a la edad de las fábulas, escuchara ovaciones. Porque cada domingo entregó crecimiento, seguridad, arte, serenidad y completó su currículum ingresando a la historia de los mejores con notables atajadas que brindaron paz interior.

Las fantásticas tardes en que el buzo de David Ospina sin que nadie lo notara, se transformó en la capa de un superhéroe, se recuerdan con precisión mental: Los dos remates atajados a David Córdoba del Cúcuta en el cuadrangular del primer semestre de 2007, ambos en tiempo de descuento (mins 91 y 93), para salvaguardar la victoria 2-1 del verde en la frontera que catapultó su llegada a la final. El disparo abajo de Freddy Montero en la vuelta de la final con Huila de ese torneo. El remate de Jherson Córdoba de Equidad con el partido 0-0 en Bogotá en la Final de 2007 II. Desde ese entonces, pocos lo notaron, Ospina atajó dichos remates para colgarse la medalla de ídolo el resto de su vida.

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