julio 11 / 2017

ALDO LEAO RAMÍREZ

En su Barrio Pescaíto en la lejana Santa Marta aprendió desde muy pequeño a coquetearle a la pelota, a acariciarla, a susurrarle poemas, por eso ella le hizo caso y lo obedeció ciegamente durante su carrera deportiva. Se dejó gobernar a su antojo. Conformó en su periplo de dos años y medio en Atlético Nacional duplas memorables de creación y generación de juego con el argentino Hugo Morales y con el colombiano Jairo Patiño y se entendió a la perfección con delanteros que estaban pasando por momentos inolvidables: Marcelo Ramos, Sergio Galván, Víctor Aristizábal, Oscar Echeverry, Carmelo Valencia y León Darío Muñoz.

Aldo Leao traía de la cuna algo imposible de entrenar como es la fantasía y desde que llegó de Santa Fe comenzó a producir por montones: goles dentro y fuera del área, pases, paredes y juego filtrado como le gustó siempre a las diferentes generaciones de hinchas de Atlético Nacional, e interpretó con maestría los elementos básicos de un fútbol alegre y espectacular. El que le gusta a los líricos, el que apasiona a las galerías, el que duerme en los museos. El volante samario además era hábil, fuerte, goleador, rápido y terminó siendo determinante en la consecución del primer bicampeonato en la historia. Su gol a América de Cali en la celebración de los 60 años de historia del Club para un 4-0 histórico, le catapultó la confianza hasta la selección Colombia. Desde allí, vimos otro Aldo: talentoso, con convicción, apoderado de su rol y entonces la fantasía se hizo realidad: Ramírez fue el conductor del elenco Verdolaga.

Le anotó goles trascendentales a equipos como Chicó, Santa Fe, Cali y Medellín (su imagen señalando la camiseta es eterna) y apoyaba la idea de los técnicos de promover jugadores a los que todavía les faltaba una horneada para jugar en Primera, enseñándoles a jugar a su lado: Henry Rojas, Harold Martínez, Marlon Piedrahita, Jimmy Bermúdez, Camilo Pérez y un tal David Ospina. Tal era la atracción y afinidad que ocasionaba. Sustancialmente porque su sueño no tenía techo y su disposición reforzó el mérito de un jugador con notables destellos de calidad.

Aldo Ramírez fue campeón en los dos títulos de 2007, acompañado en la zona medular en el primer semestre por Jairo Patiño y compartiendo un poco la obligación de armar, pero en el segundo semestre por el chileno Fernando Martel quien lo dejó solo en esa función por expresar el austral un juego más de equilibrio y orden. Y no le pesó la responsabilidad a Aldo de asumir solo el papel con el cual pasó a la historia. Su taco para el gol de Galván en la final ante Equidad de diciembre de 2007 está entre los 10 lujos históricos de la Institución. Por ello, podemos afirmar que Aldo, dejó para el recuerdo un legado memorable.

Fortificó la construcción de juego en la media cancha con un tránsito sencillo de pelota y una ductilidad que lo expuso rápidamente como uno de los mejores jugadores de aquellos tiempos en Colombia. Tal calificativo le sirvió para ir adquiriendo una solvencia inusitada para épocas de poco despliegue técnico. Entonces se convirtió en un mediocampista completo que enhebró jugadas punzantes, pero además cumplió con roles colectivos cuando no tuvo la pelota. Desde que Aldo Leao Ramírez decidió aferrarse a una idea llamada esperanza, su fútbol fue otro. Y por ello dejó su huella en Atlético Nacional.

Encuesta

#SIEMPREVERDOLAGAS

# Votos: 0

 

 

Compartir