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EN LA CUMBRE DE COLOMBIA

Rueda y sus dirigidos conquistaron el título de Colombia, clasificaron a la Libertadores y escalaron a otro nivel en la consideración popular.

Rueda y sus dirigidos conquistaron el título de Colombia, clasificaron a la Libertadores y escalaron a otro nivel en la consideración popular.

Un método de juego que ha marcado una época y fue ejemplo de fútbol total. Eso distinguió al Atlético Nacional de Reinaldo Rueda en dos años al frente del equipo. Porque impuso su sello, porque entregó trabajo y estética, sin imitar nada, sin parecerse a ningún otro. Como suele suceder con los grandes campeones, hacen olvidar un poco a los que lo fueron antes. Carácter, disciplina, coraje, sacrificio, entrega total, fueron algunas de las características que sobresalieron en esa escuadra histórica del dominio completo a nivel local e internacional.

La campaña de Atlético Nacional campeón del primer semestre de 2017 estuvo adornada por números de leyenda, cabalgata de principio a fin y augurios del final soñado. El equipo de Reinaldo había forjado su identidad y se hizo conocido en el continente y temido en Colombia. 49 puntos en la fase regular fue un registro que superó su propia marca de 2015 II de 45 unidades. Encima sumarle otras 13 más en llaves de eliminación directa, hizo que por primera vez en la historia, un cuadro sumara más de 60 puntos en un torneo corto (62), casi lo que se requiere en un año para clasificar a una copa internacional vía Reclasificación.

La idea de equipo como bloque, con la realización de los entrenamientos mayoritariamente con pelota, un temperamento ganador y una convicción difícil de conseguir, herramientas tan mencionados en el fútbol moderno, fueron premisas obligatorias de este histórico Atlético Nacional. Todos estos adornos a la capacidad futbolística de los jugadores de Atlético Nacional hicieron posible que el cuadro nacionalista se tratara de un equipo que triunfaba más abultadamente en el juego que en el marcador. El ciclo Rueda pasó por muchas etapas, pero necesitó de la conquista de la Copa Libertadores de América para conseguir la aceptación total. Además tenía un equipo concientizado de su potencial de poder dominar a placer la Liga y que terminó provocando el desborde ruidoso del entusiasmo popular y la algarabía de las calles. Gracias a un gran director técnico y a un cuadro de película, los hinchas pudieron festejar todas sus alegrías que habían soñado antes en sus almohadas. Seis títulos en dos años se cerraban con la consecución de la estrella 16 de la historia.

Hace unos años la Organización Ardila Lülle y Postobón, con la Junta Directiva de Atlético Nacional, encontraron un inmejorable camino hacia la supremacía en Colombia y de tanto buscar la metodología pudieron establecer la diferencia deportiva. Hoy la inyección económica que se brinda al Club se nota y se aprovecha en términos de consecución de logros. El cuadro verde encontró un dueño absoluto de su nombre que además se erigió en la vedette capaz de financiar cualquier campaña. Los números avalan la adquisición: antes de Postobón en 50 años, el verde consiguió 8 títulos. Con la firma gaseosa metida de lleno en su manejo, el nacionalismo disfrutó en dos décadas de 20 títulos, a razón de uno por año.

Pero regresemos al fútbol porque Atlético Nacional, que había cabalgado el Todos Contra Todos, llegaba a los cuartos de final del torneo patrio a enfrentar a Jaguares de Córdoba a partidos de ida y vuelta. Ya no interesaba lo que se había sumado, ahora eran 180 minutos a jugarse en Montería y Medellín que tenían como única ventaja por la impresionante campaña el hecho de cerrar de local. Para cualquier equipo en Colombia, nada anormal ni diferente, pero para Atlético Nacional, una ventaja inimaginable por el poder de su afición y lo que es capaz de generar la masa verde en la motivación a su equipo y el temor al contrario. 3-1 en Montería y 3-2 en el Atanasio le daban a Nacional su cuarta semifinal consecutiva en Colombia. Pero había situaciones para corregir, por ejemplo, en 19,5 partidos a Nacional le habían anotado 5 goles y en los últimos 2,5 le entraron 7 (4 de Dim en un tiempo en el clásico de la fecha 20, y 3 de Jaguares en dos juegos). Parecía un Atlético Nacional en declive, o curva descendente, o disminución de nivel.

Las instancias previas a la gran final del torneo patrio gozaron de la presencia de los 4 equipos con más ligas ganadas en nuestro país en la historia. Atlético Nacional 15 y Millonarios 14 por un lado sentenciarían a un finalista, mientras que por el otro costado se verían las caras América con 13 y Cali con 10 en el duelo vallecaucano. Las mejores semifinales de la historia de Colombia. Otra vez una llave de dos partidos ante el elenco Embajador, como en siete ocasiones anteriores, entusiasmaban a la afición, aunque no dejaba de preocupar ese último partido ante Jaguares en el Atanasio Girardot, teatro inexpugnable de Nacional y sus hinchas.

La ida en Bogotá careció de emotividad. Salvo dos opciones de Nacional, una en el palo de Bocanegra, y tres de Millonarios con una doble atajada de Franco Armani, el partido fue irregular y para Atlético Nacional todo servía para dos situaciones fundamentales: conseguir nuevamente su arco en cero para regresar a tiempos de tranquilidades defensivas, y permitir que todo se cerrara en su casa, hogar de sus principales conquistas. La vuelta fue más emotiva, porque ya en esas circunstancias no hay mañana para un equipo y eso de por sí genera dramatismo y nervios. Pocas ideas en medio de la imposibilidad de jugar y algunos remates de larga distancia de Millonarios para que se luciera Franco Armani. El elenco capitalino en 180 minutos de juego no entró al área verde con peligro de gol. Para Nacional tampoco hubo muchas ocasiones de anotar, pero la que tuvo la envió adentro y Dayro Moreno, tras recibir del palo un cabezazo de Rodin Quiñones, al minuto 91 enviaba a Nacional a la final 12 de la historia de los torneos cortos. La clasificación se recibía como el premio merecido por una campaña endemoniada que ajustaba ya 59 puntos en el recorrido del semestre.

Por el lado del clásico vallecaucano había pasado Deportivo Cali a la gran final colombiana y entonces Atlético Nacional tendría que enfrentar al elenco Azucarero a partidos en Palmaseca primero y en el Atanasio Girardot después. En la previa del compromiso en Palmaseca, los medios de comunicación deportivos llenaban su información con los enfrentamientos directos entre Nacional y Cali, que como con Millonarios para el verde paisa, no son pocos: La historia ante Cali en llaves mata-mata dicta que había 8 enfrentamientos con saldo positivo para los antioqueños que habían ganado 6 llaves y perdido solo 2.

Ya en el estadio de Palmaseca la situación fue a otro precio y estuvo completamente en contra del equipo de Reinaldo Rueda que nunca se sintió cómodo ni con la cancha, ni con la posesión, ni con los despliegues, ni con los repliegues. En la ida nada le funcionó bien a Atlético Nacional. En Cali el cuadro antioqueño naufragó por el peor partido del semestre y encajó un 0-2 en contra que pudo ser más abultado y tener peores consecuencias, de no mediar un par de intervenciones del estelar golero argentino Franco Armani, héroe indiscutido de esta camiseta y de estos colores. Cali en su casa pisó la culebra en la cola y no en la cabeza. La dejó viva para la vuelta. Y allí, apoyado en el fervor y la pasión de su afición, es a otro precio completamente diferente. Ningún hincha de Atlético Nacional pensó que no era posible remontar el 0-2 de Cali. Es más, todos estaban confiados e impulsaron tanto a su equipo que comienza a ser más que verdadero, el dicho de sus propios aficionados: “la hinchada que gana campeonatos”.

La afición de Nacional motiva y orienta a sus jugadores, pero además amedrenta al rival. Y Cali al Atanasio Girardot entró disminuido, no solo por la ausencia de Benedetti y Orejuela, sino porque psicológicamente la multitud Verdolaga hizo su tarea en el preámbulo del partido. Ambiente ensordecedor, algarabía total, credibilidad absoluta, acompañamiento espectacular y fe ilimitada. Cali desde los himnos, iba perdiendo el partido que creía desde su ciudad que podía ganar.

Para cuando comenzó el juego el empuje era tal que no importó que el verde perdiera una ficha clave de la década: Farid Díaz. Por él ingresó un envalentonado Edwin Velasco, que se creía Roberto Carlos por el aliento de su afición. Nacional apretaba y ahogaba al Cali y se sentía que la intensidad iba en contra de la precisión y la pausa de los caleños que no podían siquiera aguantar la pelota. Ibargüen, que se encargó de sacar a bailar a Castrillón toda la noche, invitaba por primera vez al canterano del Cali a encontrarse juntos en medio de la escena, lo dribló fácilmente, se inventó una jugada por izquierda, habilitó a Macnelly Torres y el cerebro de potente derechazo puso el 1-0 al minuto 6. Encima al minuto 15 llegó el tanto de guapo de Mateus Uribe que recuperó en el suelo una pelota y se paró inmediatamente para recibir el centro de Rodin para desde unos 20 metros vencer la resistencia del portero vallecaucano. Serie igualada en 15 minutos.

Ya con el empate en el global en el bolsillo, el verde se acordó de sus últimos 6 juegos y una mala defensa de una pelota detenida posibilitó el descuento del Cali en el partido corto, y la ventaja en el largo. No importaba, había por delante 70 minutos de juego. Corner de Macnelly que los sobra a todos y fuera de la esquina izquierda del área caleña apareció un Andrés Ibargüen enceguecido de pelota y de gol, tomó la bola de volea con zurda y la puso en el palo y ángulo más lejano de Mina que por tercera vez en 40 minutos veía caer su arco. Nuevamente el juego largo empatado, esta vez 3-3, y nuevamente penales en el pensamiento general. Pero faltaban 50 minutos.

Cuando el reloj marcaba los 70 minutos de juego apareció el penal a Dayro Moreno que el propio delantero se encargó de convertir para el delirio en las graderías. 4-1 el juego corto, 4-3 el largo, entonces otro fantasma se paseaba por el Atanasio: el de Junior 2004. Pero para disipar cualquier temor, Rodin Quiñones inmediatamente sentenció el juego con el 5-1 parcial y 5-3 global que cerró el juego por completo. Ya no hubo más fútbol. Todo se sintetizó en las lágrimas de triple R que le pusieron un tinte dramático al asunto. Lo que no se había notado en el juego de ida en Cali si se expuso claramente en el duelo del Atanasio Girardot: 22 puntos entre cada uno de los finalistas en la tabla.

Llegaba para este escritor de todos estos títulos, otro desafío: volver a vivir con el teclado la fantasía de otra conquista más. ¿De dónde extraer más ideas para relatar en letras una nueva vuelta olímpica verde? Quizás recostándonos en nombres nuevos que pertenecen a un camino viejo de grandeza. De pronto marchando por la luz de una Institución que permitió salir de la oscuridad a un puñado de jugadores, alumbrados por la sabiduría de Reinaldo. O también por el impresionante verano que significa para la hinchada de Atlético Nacional el final de cada torneo que disputa y que generalmente para los demás es crudo invierno.

Triple R trajo su sexta corona en 2 años a las vitrinas nacionalistas y muchos le agradecieron por traerle este nuevo trofeo a un pueblo que requiere de estas inyecciones de júbilo. Gracias a colocar a un equipo mejor plantado en la cancha, con mayor tenencia de pelota, y con mejores recursos para circularla y administrarla, Nacional dejó pasar el tiempo y consolidó su vuelta 16 de la historia. Quizás su inteligencia se basa en entender que el camino más corto hacia el arco contrario no es el recto, pero también a que cuenta con hombres capaces de competir siempre en el mejor nivel. Por esa razón afianza el poder de su tradición. Porque cuenta con futbolistas que llevan en sus corazones la llama encendida de la ambición deportiva.

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