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EL VUELO

Por: Ramón Fernando Pinilla H.

Por: Ramón Fernando Pinilla H.

El tractor empieza a sacar el avión a pista y una vez en ella, la nave de Tame inicia su carreteo hacia el punto de aceleración. Me despido de mi familia, se sale una lágrima. Es el momento, es la situación. Es la grandeza. No sucedió en decenas de viajes anteriores. Quiero traer tres puntos, les digo. Entre ambos sitios de ese pequeño trayecto del aeroplano, los bomberos hacen su show y nos despiden con agua bendita. El capitán anuncia el despegue, y como Orlando Berrío, pasamos de cero a 100 kilómetros en segundos. Se ve el cemento rapidísimo, tiemblan las sillas, todos nos persignamos, se ven las calles de Rionegro, sus veredas, su impresionante geografía. Por encima de la silla del frente, muchas cabezas, miles de sueños.

La publicidad de la mesa para alimentarse del avión invita a una isla del Caribe. ¿Y si así pudiéramos celebrar esta aventura?. El cinturón sigue abrochado, las nubes ya están por debajo del avión y no encima, un pie sin zapato se encarama en un espaldar del avión, los sueños ya no son solo de anhelos, sino literales. El silencio se turba con la música de Alejandro Bernal: puro reaggaeton. El sol penetra con ferocidad por las ventanas, la lectura se apodera de unos tantos y la escritura del cronista privilegiado del vuelo del milenio. El avión ya no está empinado, llega el refrigerio, 12 mil metros más abajo está una cordillera que empieza a juntar sus partes para formar el Macizo Colombiano, algo así como la pareja de centrales de Atlético Nacional. Prende la luz, anuncian zona de turbulencia, como la que genera un pique de Borja o Marlos. Pasan hidratación a los jugadores, nos llega agua a nosotros. Se siente el deseo de todos. Palpita más rápido el músculo más importante. Cierran y abren las cortinas de primera clase. En la Élite del avión van Rueda y once jugadores. Los privilegiados no se dejan ver. Los otros jugadores tienen todos tres sillas para acostarse.

Se abren los guardaequipajes para extraer audífonos, lentes, libros o computadores, hay que darle el mejor uso a la hora de vuelo que resta. Abajo la vista desde el avión es toda en un color maravilloso: verde pasión, verde alegría, verde esperanza, matame verde matame, verde dignidad, verde de Antioquia, verde de Chocó, verde del Valle, verde del Cauca, verde de Nariño. Justo, como lo muestra la realidad en la consideración popular. Sánduche de pavo, papitas de paquete y jugo o Manzana Postobón. Bajamos la publicidad de la isla, escondemos nuestra ilusión para devorar rápidamente el alimento. Regresamos al teclado, caliente de sentir la presión asfixiante de la yema de los dedos, como Arias, Blanco, Mejía y Pérez, todos juntos por un balón importante. La nave está plana a doce mil metros de altura sobre el nivel del mar, hablan el PF y Reyes, la nutricionista y Diego Arias, Ibargüen y Mosquera, Bernal y Bonilla. ¿De qué hablan? Ni idea. Pero se les nota una ilusión profunda. Como si estuvieran bendecidos. Como si hubieran sido tocados por lo mágico. Sin proponérselo nadie, empieza la sección de visitas al baño. Concluye con prontitud. Cuánto tiempo esperando este momento, qué emoción presenciarlo, qué responsabilidad contarlo, que aventura vivirlo, qué experiencia dejarlo atado en el recuerdo.

A miles de metros de El Campín, recordamos esa noche maravillosa. Se vienen a la mente Higuita, Pacho, Tréllez y todos los de la gesta maravillosa. ¿Única? Primera vez que pienso que no. Que todo es posible. Que como en los antiguos pueblos de África si un habitante de una tribu tenía temor, pedía ayuda a sus antepasados para que le tiraran una soga. Por favor. Andrés, Uzu, Pipe, Níver, láncennos una atarraya gigante de la cual colguemos esta inmensa pecera Verdolaga que es un océano de sueños. Recogen la basura del refrigerio, el avión se inclina hacia adelante, el capitán anuncia el destino, otra vez las montañas rodean nuestra nave, pero es de noche. Parece que se hubiera apagado la ilusión en Ecuador. Aterrizaje perfecto. Nacional está en Ecuador. Disputará mañana otros 90 minutos de juego. No serán iguales. Traerán nervios, gente, historia.

Lo que luchamos durante tanto tiempo, a horas de jugarlo. Frío, viento, soledad, pensamientos, descanso, concentración. Miro sin ver, que es como se ve más lejos y me encuentro en una fábula pintada por escritores surrealistas que tienen a un equipo de fútbol jugando la gran final del continente. Abro los ojos y veo que es realidad. Entonces, durmiendo tan lejos de mi familia me acordé de la promesa: llevar tres puntos. Se puede lograr. Vamos Nacional.

 

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