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El regalo de papá

Atlético Nacional escribió su página más gloriosa a nivel local y levantó las tres coronas del 2013 en el ámbito colombiano. Tras vencer al Cali 2-0, JC se confirmó como el mejor técnico de Colombia y sus dirigidos demostraron que lo colectivo prima sobre lo individual. El Verdolaga, además, le entregó una alegría inmensa a su afición.

Por Ramón Fernando Pinilla H.
 

Atlético Nacional escribió su página más gloriosa a nivel local y levantó las tres coronas del 2013 en el ámbito colombiano. Tras vencer al Cali 2-0, JC se confirmó como el mejor técnico de Colombia y sus dirigidos demostraron que lo colectivo prima sobre lo individual. El Verdolaga, además, le entregó una alegría inmensa a su afición.

Por Ramón Fernando Pinilla H.
 

Se acabó, todo culminó. Hace segundos concluyó el año más maravilloso de la historia de Atlético Nacional a nivel local. Mi puño contra la pared del vidrio de la cabina radial donde relatamos el partido, enmarcaba un tricampeonato jamás logrado por equipo alguno en Colombia. Detrás del cristal, un pueblo en llamas vestido de verde y blanco disfrutaba de un recuerdo memorable para los anales de la historia del fútbol de mi país. El vidrio separaba las emociones, no el destino del corazón envuelto en un placer conjunto incontrolable.

Se acabó, todo culminó. Levanté mis manos. Lloré, me abracé con los compañeros de transmisión, con amigos, con conocidos, con desconocidos con quienes nos unía una felicidad irrepetible. Comencé a temblar. Grité. Sentí orgullo, miedo y satisfacción. Miré al cielo, cerré los ojos. Recordé la lamentable pérdida de mi madre. Hice cuentas. Desde que ella partió de este mundo el 26 de junio hasta esta magnífica coronación, Nacional solamente perdió cinco partidos ante Patriotas, Chicó, Cúcuta, Bahía y San Pablo en 47 partidos oficiales. Algo me decía que ella había hecho algo. Mi corazón me exigía pensar así. Mi recuerdo imborrable de su imagen  me indicaba que ese era mi eterno agradecimiento por su memoria. Por su educación. Por su enseñanza. Nacional tricampeón. Te amo mamá.

Se acabó, todo culminó. Atlético Nacional se llevó todas las coronas del 2013. ¿Quién me habrá observado en mi silla, acaso atrapado por un extraño conjuro? ¿Quién habrá visto mi alma más sana que nunca, más pura que nunca? ¿Quién me habrá analizado en el momento en que mi corazón parecía el motor de un transbordador espacial? Atlético Nacional tricampeón 2013. ¿Acaso alguien notó que mi pulsación estaba fuera de límites? ¿Pudo alguien percatarse que detrás del vidrio 44 mil almas rugían con la fuerza de la inocencia de volver a gritar la palabra sagrada? ¿La que con el profesor Osorio se hace cada vez más familiar? Claro que sí. Se notaba porque todos vivíamos la misma sensación bañada en el sentimiento de hinchas. De fieles seguidores de la causa más ganadora del fútbol de nuestro país. En el casino del fútbol Nacional lograba el mejor blackjack de su historia al conseguir la 21 en el escenario ideal: delante de todos y con relancina de figura y as. 

Se acabó, todo culminó. Viendo en mi propia piel ese toque mágico de la ansiedad, y notando que los vellos comenzaban a separarse del cuerpo, bajé a la cancha. A observar de cerca la fiesta que se extendía por todo el país. A estar al lado de quienes hicieron historia. A otear desde un lugar único al magnificente pueblo Verdolaga encontrándose en esa inexplicable situación de gritar campeón. A ser testigo de la gloria de sus jugadores y la felicidad de la gente. A imaginar escenarios para poder escribir estas letras. Como el del señor sin piernas en oriental que pudo caminar con sus ídolos en esa alocada vuelta olímpica que no se borra de la mente. Como los niños desbordados de occidental que apenas comienzan a transitar el sendero del equipo más ganador de la historia. Como la gente de norte rindiéndose al encanto de JC, que para ese momento ya tenía su camisa por fuera de su vestimenta, pero su don por dentro del alma de la gente. O la inmaculada afición de sur que ejecuta una fiesta de la que se pegan todos y pareciera que su recital mereciera no estadios, sino teatros. 

Se acabó, todo culminó. A mi lado se veía solamente un color, que nuevamente era más de uno que nunca. El verde se paseaba en frente de mis ojos, bañados en ese momento elegido de los mejores recuerdos por nerviosas lágrimas que le daban un tinte especial a esos segundos, y una añoranza importante a un 15 de diciembre que no se olvidará jamás. Recordé que había llegado al estadio temprano. Atado a miedos, angustias, sensaciones de desconfianza por lograr lo impensado. Pero la gente a mi paso me llenaba de confianza. Y a la llegada del equipo y ver de cerca sus rostros, inmediatamente los temores desaparecieron. Estaba frente a gente profesional y ganadora por excelencia. Ya en el momento del partido, sentado en la silla de la cabina de transmisión y viendo como el estadio se me caía encima con su fervor, espanté el nerviosismo que había nacido en Cali en el partido de ida en el cual había nacido la posible desconfianza. Porque vale la pena recordar que en el Pascual Guerrero en los primeros 90 minutos, Nacional había tenido suerte de campeón, especialmente en esa jugada de la devolución de Murillo a Neco en que el balón y su efecto fueron obedientes con el mejor equipo de Colombia.

Se acabó, todo culminó. El camino Verdolaga del segundo semestre del año fue tan diferente al del primero. En aquel título nadie creía. En este, todos estaban seguros. 2013 I fue el premio a la construcción del proceso. 2013 II fue el laurel al postgrado. Por eso la gente cantaba. Y su canto me invitaba a sumarme. Ver al pueblo feliz, me indicaba que este equipo, sus jugadores, su cuerpo técnico y sus directivas, le habían cumplido a la gente. Vencieron en tres finales del año a tres equipos con historia: Santa Fe, Millonarios y Cali. ¿Acaso una mayor superioridad? Una verdadera alabanza a quienes querían ganar. A quienes exigieron tantas cosas siempre. A quienes inclusive, no creyeron.

Se acabó, todo culminó. Entraron los azucareros a la cancha. La rechifla general. El furor se apoderó del estadio, dibujado por una pasión casi demencial. De un momento a otro solamente se veían humo y papelitos. Intuyo que debajo de esa escenografía, el pueblo se pestañeaba con las mieles de la leyenda, con la pupilas de quienes predicen la historia. Hombres, mujeres y niños, se me unen en el sentimiento de tratar de encontrar el momento sublime de la comunión nacional. Un cordón invisible a todos, nos une en el clímax de buscar lo esperado en un escenario donde podría ocurrir lo inesperado. Por eso las voces se juntaban en coro y estruendo para evitar el propósito azucarero. El maltratado y querido torneo colombiano estaba a punto de concluir faltando solamente la última función, que bañaría de gloria al verde de la montaña.

Se acabó, todo culminó. Empieza el partido, el ambiente se distensiona, la tribuna se relaja, los nervios le ganan el partido al fanatismo. Lisarazo patea y ataja Neco. Nacional no encuentra espacios. Los cigarrillos se prenden. Las uñas desaparecen. La marca del Cali parece compacta, sin imponer absoluto respeto. Aparece en un rincón de nuestra memoria el recorrido del semestre, la supremacía intachable del mejor equipo de Colombia y aumenta la esperanza. Nacional empieza a tener más la pelota. JC desde el banco da instrucciones. Arias guapea cada pelota, Cárdenas corre como si tuviera más aire que todo el Amazonas, Duque disputa cada balón como si fuera el último de su vida. ¿Sabrá Jefferson que llegó a su destino de héroe no solo por sus goles, sino por esa entrega especial que hace que el pueblo unánimemente lo elija sin saberlo?

Se acabó, todo culminó. Marcaciones en zona. Concentración absoluta. Drama en las tribunas y frente a los televisores. Tiro de esquina. Una fortaleza del verde por hombres como Henríquez, Ángel y Nájera que no estaban en la final, pero además como Peralta y Murillo que sí actuaron. Oscar Murillo. Defensor. Especialista. El hombre que ofrece posibilidades ofensivas. A su cabeza apunta Nacional. Y en su cabeza comienza a ganar Nacional. El testazo del defensor es desviado por Camacho, descontrolado Mondragón, balón a la red. Y sabemos qué significa para un alma nerviosa que el balón bese la red a favor: primero que el rival acuse el impacto y segundo que el corazón propio también sienta el estallido de la euforia. El hondo y cruel silencio en Cali se escuchó en el Atanasio Girardot. El lado izquierdo del pecho del pueblo más popular de Colombia comenzaba a lastimarse con el repiqueteo infernal del músculo del amor incondicional a la causa.

Se acabó, todo culminó. El trámite del encuentro vuelve a ser parejo. Termina el primer acto. Un cuarto de hora para el remanso de los músculos. No está nada mal. Todo va por buen camino. Este equipo que difícilmente sostenía las ventajas en el primer semestre, se notaba más maduro en el segundo y ese dato tranquilizaba la mente. El partido en el complemento se vuelve a hacer más parejo, aunque sin opciones de gol para la visita. Nacional es hermético, seguro y confiable. La disciplina táctica de sus hombres es perfecta. En ningún momento el Cali hace prevalecer el “terrible” funcionamiento que dio para que los medios caleños y capitalinos le dieran como el favorito de la final. El espectáculo, cargado de emoción, comenzaba a encontrar situaciones favorables a Nacional con opciones en el arco norte. Hasta que el balón aéreo de Murillo es bajado por Berrío para que Duque, jugador inmenso con destino heroico, sentencie la situación de pierna derecha. La fiereza del Cali se ve aturdida. Al partido le faltaban minutos, pero la sensación se reflejaba resuelta.

Se acabó, todo culminó. Gana Nacional sin pegar, sin protestas, sin simular faltas, sin patear de punta y para arriba la pelota. Con altivez. Con decoro. Jugando con fidelidad por el proceso con el cual desembocó en el mejor equipo de la historia colombiana y único tricampeón en un mismo año. MA-JES-TUO-SO. IN-MA-CU-LA-DO. El verde paisa había dejado el espacio para que entrara con altivez, la justicia. Y así era campeón de Colombia en un 2013 inolvidable. Abajo en el césped, y mientras las ceremonias carnavalescas surcaban cancha y gradería, continué acordándome de muchas cosas. De las que me hicieron militante especial de este proceso, de las dudas que se generaron en su momento, de los registros que se alcanzaron a batir, de los partidos y los goles. Había mucha gente que dábamos la vuelta olímpica con el equipo. Pero solamente los jugadores, el cuerpo técnico y los directivos podían reclamar una porción del éxito. La gloria escribió en la cancha, el banco y la Junta Directiva, a sus propios dueños.

Se acabó, todo culminó. ¿Quién lo dijo? ¿Acaso no se repiten las mismas imágenes en mi memoria cada vez que quiero ir al lugar de la emoción? No. No se acabó ni culminó, porque vivirá por siempre en los corazones y el recuerdo de la afición. Ya dejé de llorar. Ya no tiemblo. Ya no grito. Ya tengo otras metas. Porque este equipo permite la inmejorable situación del hincha de dejar a un lado un pasado exitosísimo, para proyectar más metas. Viene la Copa Libertadores de América, la Copa Sudamericana, otros cuatro torneos colombianos. Camino por sur, oriental. Troto por norte y occidental. La alegría es única. Cierro los ojos. En algún lugar de alguna de esas graderías, creo que veo a mi mamá.

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